Una generación de vagos e incompetentes
Por Paco Soto
Hace unos días, navegando por Internet, encontré una entrevista que le hice al poeta, novelista y ensayista barcelonés Félix de Azúa hace casi cinco años, en julio de 2007, en Barcelona. Quiero explicar una parte del contenido de la entrevista, porque creo que puede ser de interés para los lectores españoles y polacos de este artículo. Yo trabajaba entonces en la agencia de noticias Colpisa, y entrevisté a De Azúa con motivo de la publicación de ‘Última sangre’, un libro que reúne su obra poética de 1968 a 2007. Fue una entrevista muy agradable, celebrada en una cafetería ubicada en una bonita plaza de la capital catalana. El novelista barcelonés, que es también doctor en Filosofía y profesor de Estética, fue amable y cortés conmigo, pero también polémico y mordaz. No dejó a títere con cabeza y cargó las tintas contra los gobernantes, el sistema educativo y la sociedad española, porque, según dijo en el encuentro periodístico, “no tiene el menor respeto por el conocimiento”. Sobre José Luis Rodríguez Zapatero, que era el presidente del Gobierno en aquel momento, dijo cosas muy sabrosas, como que “los españoles estamos muy marcados por la formación religiosa católica. Para Zapatero o hay buenos o malos; o se hacen las cosas por bondad o por maldad. A mi entender, el presidente hace cosas mal porque es un vago. No estudia los problemas, no trabaja. Uno no se puede meter en la pacificación del País Vasco teniendo como asesores a cuatro ‘mindundis’”. En aquel momento se hablaba mucho del ‘diálogo de civilizaciones’ que planteó Zapatero en la ONU. Félix de Azúa me comentó que “lo único que buscó Zapatero con esta tontería fue una foto con el presidente de Turquía y el pobre Kofi Annan, que en este momento, si le pagan 300.000 pesetas, va a una fiesta benéfica”. En opinión del escritor y ensayista barcelonés, “el problema de Zapatero es el problema de su generación, el problema de gente a la que no le gusta trabajar, estudiar, leer, pensar. Es una generación que no ha conocido el esfuerzo ni sabe lo que es el sacrificio, una generación que desprecia el saber y el pensamiento y funciona con dogmas sectarios, en la izquierda y en la derecha. Esta generación es la que toma el mando y las que vienen después son aún peores.” Esta afirmación puede parecer excesiva e injusta. Cuando se generaliza sobre un colectivo humano concreto, ejercicio intelectual que suele ser inevitable, se corre el riesgo de ser injusto con muchas personas válidas y de provecho. Hecha esta precisión, quiero dejar claro que comparto la opinión del novelista. Yo, por edad, pertenezco a la misma generación que el señor expresidente del Gobierno español, y en esa generación hay de todo, buenas y malas personas, gente inteligente y auténticos cretinos, capaces e incapaces. Pero como ha ocurrido siempre en la historia de la humanidad, cada uno de nosotros es un producto de un momento concreto de la evolución social, económica, cultural y política de una comunidad política, de un país. Por eso se habla, por ejemplo, de la generación de la posguerra civil española. Volviendo a lo que dice el escritor y poeta en la citada entrevista, pienso que Félix de Azúa da en el clavo. Uno de los problemas de la España de 2012, un país que está acosado por la crisis, el desempleo y el miedo al futuro, pero en las últimas décadas ha conseguido altos niveles de desarrollo económico, social y político, es que en el seno de la generación de hombres y mujeres que nos gobiernan y dirigen los asuntos públicos, al margen de las etiquetas políticas concretas, los incompetentes, los oportunistas y los vagos son legión. No he dicho que todos lo sean, he dicho que los indeseables abundan, y muchos de los que les votan no son mejores que ellos. Nuestros padres y abuelos, al menos mis padres y abuelos, trabajaron como mulas para sacar a sus familias adelante. No tenían mucha cultura y apenas pisaron la escuela, conocieron una España, la de antes de la guerra civil, mayoritariamente rural, analfabeta y salvaje. Y después de la guerra llegó el franquismo, una cruel dictadura que duró casi 40 años. Nuestros padres y abuelos nos dieron a fuerza de trabajo y sacrificio lo que ellos no pudieron disfrutar en su infancia y juventud: educación y bienestar material. Muchos de nosotros, hijos de trabajadores modestos, fuimos a la universidad. Ellos, nuestros padres y abuelos, son los verdaderos héroes de la España de la segunda mitad del siglo XX; ellos sacaron a este puñetero país de la miseria y el atraso y no solamente los planes de desarrollo de los ministros del Opus Dei. Mi generación ha vivido en democracia y ha gozado de un nivel de vida y una prosperidad que probablemente nuestros hijos envidiarán en el futuro. Esto está muy bien. Pero la otra cara de la moneda es que pertenezco a una generación de gente floja y aburguesada que considera que trabajar es una desgracia. Es una generación que desprecia el esfuerzo y el conocimiento, que hace de la cultura un mero ejercicio de diversión, mira de reojo al que quiere superar las dificultades y prefiere la plaza fija del funcionario burocratizado al camino más complejo pero infinitamente más apasionante del emprendedor. Durante años hemos vivido en una especie de burbuja, hemos consumido como locos, hemos expresado con arrogancia y chulería nuestra condición de nuevos ricos incultos y hemos querido borrar de un plumazo un pasado de guerras, violencia, miseria y atraso. Hasta cierto punto es humanamente comprensible, porque a nadie le amarga un dulce, pero, por otra parte, constato que así nos luce el pelo en España en estos momentos tan difíciles para la mayoría de los europeos. El sistema educativo español, a pesar del dinero invertido en las últimas décadas, es un fracaso, somos el país con mayor absentismo laboral de la Unión Europea y campeones mundiales en consumo de cocaína y prostitución. Leemos menos libros que la mayoría de los europeos, incluso si nos comparamos con países menos ricos que España, como Polonia. Buena parte de nuestros artistas y creadores son unos caraduras que viven de las subvenciones, y creamos organizaciones no gubernamentales con un solo objetivo de lucro: chupar algo de la tela del Estado. Gastamos menos en investigación, desarrollo e innovación que la mayoría de los países avanzados de nuestro entorno y tenemos el mayor índice de desempleo de la OCDE. En palabras de Félix de Azúa: “Aquí nadie trabaja ni reconoce al que sabe. En España hay exceso de intelectuales, pero hay poca gente que habla de lo que sabe, y a esa gente nadie le hace caso. Y el defecto de los políticos españoles es que son unos vagos”. Mi generación, guste o no guste reconocerlo, aunque duela asumirlo, tiene mucho que ver con este desaguisado.
Pero, sin embargo, no parecemos darnos cuenta de la gravedad del problema. En un artículo de opinión escrito recientemente por el escritor andaluz Antonio Muñoz Molina, su autor resume con acierto la situación española. Bajo el título “Basta de juegos”, Muñoz Molina señala: “Estamos en el filo del abismo y parece que no pasa nada. Nos encontramos ante la peor crisis desde el final de la dictadura y seguimos entretenidos con los sectarismos, con los narcisismos identitarios, con las politiquerías de siempre, con las bromitas gamberras de creernos rebeldes porque silbamos un himno, de creernos radicales porque obedecemos una ortodoxia beata”. El novelista de origen jienense, haciendo gala de un ejercicio de memoria y responsabilidad ciudadana, recuerda “muy bien de cómo era 1977, 1978. También me acuerdo de 1973 y 1974. Todo lo que tenemos ahora y despreciamos y quizás solo valoraremos cuando lo hayamos perdido era entonces en gran medida una quimera. Todo lo que hemos disfrutado sin ninguna gratitud durante más de treinta años parecía inalcanzable. Hay dos maneras de juzgar lo que se tiene: una, comparándolo con un ideal de perfección, con un paraíso futuro o un paraíso pasado cuyo principal mérito común es que nunca han existido; otra, comparar con lo que teníamos antes, o con lo que tienen otros, en casi todo el mundo”. Muñoz Molina pone el dedo en otra de las llagas de la sociedad española actual, que en gran medida ha sido construida por mi generación: la falta de memoria. No me refiero a la mal llamada memoria histórica sectaria de los antifranquistas de última hora, de esos individuos irresponsables que quieren acabar con Franco casi 40 años después de muerto y se inventan un pasado de buenos y malos durante la guerra civil y la dictadura. Hablo de lo que ha ocurrido en este país en los últimos 35 años, más o menos desde que el dictador murió en la cama. Muchos parecen haberlo olvidado, quizá porque la memoria es selectiva y acomodaticia, y algunos de los que no conocieron lo que ocurrió en los últimos años del franquismo y durante la transición sueñan con dinamitar el sistema, pero para qué: ¿Para construir un socialismo que ya nadie sabe exactamente en qué consiste? ¿Para parecernos a Cuba o Venezuela? ¿Para lograr una tercera república, como si un cambio de la forma de Estado, en estos momentos, fuera a resolver algún problema de fondo? ¿Para ejercer no sé qué narices de democracia directa, que en resumidas cuentas acaba siendo un eslogan vacío de contenido, o, peor aún, la imposición autoritaria de las ideas de unos pocos sobre la mayoría? Muñoz Molina admite, y con razón, que “España, claro, no es la sociedad más justa ni más igualitaria”. Pero puntualiza con la misma energía que “es más justa, por ejemplo, que Estados Unidos, y más igualitaria y habitable que la mayor parte de los países del mundo”. Muchos españoles no parecen darse cuenta. Será falta de madurez democrática o simplemente de sentido común elemental. O de ambas cosas, a lo mejor. Piensa Muñoz Molina en su artículo que “la inmensa mayoría de nosotros nos hemos beneficiado de este sistema democrático hacia el que casi nadie siente ninguna obligación ni ninguna lealtad. Los que quieren autogobierno han tenido más del que tuvieron nunca, salvo en sus reinos de fantasías medievales o neolíticas; los que queremos igualdad ante la ley, libertad de expresión y servicios públicos fundamentales los hemos tenido y los tenemos más que en la mayor parte de los países del mundo real”.
Y haciendo de nuevo un ejercicio de memoria, pone de manifiesto: “He vivido en un país mucho más pobre y en un país sometido a una dictadura y sé cuál es la diferencia. Y sé que en estos momentos o buscamos por una vez defender entre todos lo mejor o vamos a hundirnos todos juntos. Llevamos treinta y tantos años cultivando diferencias, haciéndolas irreconciliables, inventándolas cuando no existían, echando sal en las heridas, prefiriendo la discordia, poniendo la tribu por encima de la ciudadanía. Y al mismo tiempo disfrutando de las libertades y los servicios de una sociedad avanzada. Tenemos casi seis millones de parados y una depresión atroz y seguimos negándonos a abrir los ojos, a encontrar cosas en común, a distinguir lo necesario de lo superfluo, a decidir razonablemente a qué cosas habrá que renunciar para salvar las imprescindibles”. Estoy plenamente de acuerdo con las palabras de Muñoz Molina. No sé cuánta gente las podría compartir en España. Probablemente mucha gente. Hay que ser valientes y poner sobre la mesa todas las cosas que no funcionan en nuestro país, sacar a relucir los errores y denunciar las barbaridades cometidas durante estas últimas décadas, porque no podemos tolerar la existencia de 30 por ciento de fracaso escolar y 24 por ciento de paro ni aceptar sin rechistar a un Estado de las autonomías que hace agua por todas partes. Reconocer los fallos, aunque sean dolorosos, es lo propio de una ciudadanía madura. Pero lo tenemos que hacer sin olvidar que también hemos alcanzado grandes logros, y perderlos por culpa de la insensatez y el sectarismo sería absurdo e injusto. Para no caer en las aguas pantanosas a las que nos condenan las burocracias políticas, sindicales, artísticas, intelectuales y mediáticas de nuestro país, es necesario que los ciudadanos seamos activos y, además de votar, encontremos instrumentos adecuados que nos permitan solucionar los problemas y obliguemos a nuestros gobernantes a cambiar las cosas, porque el actual sistema sociopolítico sufre de agotamiento. Parafraseando de nuevo a Muñoz Molina: “La energía necesaria para encontrar soluciones prácticas la seguimos dedicando, alentados por la chusma política, a buscar chivos expiatorios, a repetir eslóganes antes que a elaborar argumentos, a afirmarnos ferozmente mediante la negación de lo que creemos que no somos, que casi siempre es una parte de lo que somos”. Mucho tiene que ver con este triste panorama mi generación.



Amigo Paco, me parece muy acertado tu comentario que, según mi opinión, retrata con brevedad pero con precisión lo que ha sucedido y sucede en España, y, tal vez, lo que va a suceder.
Y digo “lo que va a suceder”, por que no parece que haya algún elemento capaz de variar el rumbo de esta sociedad adormecida, mejor dicho, casi narcotizada.
Los españoles, nos hemos creido los descubridores del hilo negro, cuando existía mucho atrás; los inventores de la pólvora, ignorando que dicho descubrimiento se debe a los chinos….Y para culmen, los inventores de la democracia.
Aquí empieza nuestro mal: Hemos entendido mal la democracia. Y cuando alguien con (como dicen los catalanes) “seny”; es decir, con sentido común, se sincera sobre estas cuestiones, es ignorado de forma olímpica, cuando no mancillado hasta la extenuación.
Este es un país, según dicen, donde “la envidia es el el deporte nacional”. A partir de dicha afirmación, se pueden hacer mil cábalas en todos los estamentos de la sociedad.
Es un país, donde la “casta política” ha echado raíces más profundas y dañinas que las que echa la higuera, solo que “chupando” no solo la energía y salud del pueblo, sino el dinero que hubiere, a mayor gloria de la corrupción.
¿Con qué moralidad se nos exigen a los ciudadanos que cumplamos las leyes y paguemos los impuestos, si los “padres de la patria” (o de los reinos de taifas aldeanos) se han montado su propio castillito que pone en duda incluso la legitimidad de España y de quienes hicimos posible la llegada de la Constitución y del Estado de Derecho?
Y es que, amigo Paco, “donde manda patrón, no manda marinero”, (dicho ésto a la inversa, para entendernos); solo que aquí, mal arreglo tiene un barco que hace agua por mil costados y que mientras algunos (los menos) intentan taponar las vías de agua, los muchos (una inmensa mayoría) duerme plácidamente en el ensueño de la eterna subvención, y otros aprovechan la coyuntura para, con un ariete, hacer más grande el boquete.
MI ENHORABUENA POR TU EXCELENTE ARTÍCULO. UN ABRAZO DESDE ALICANTE.
Las manifestaciones de Felix de Azua recuerdan a su época de profesor en Zorroaga en San Sebastián, parte integrante del comando zorroaga, como se les llamaba por sus posiciones académcias ( Savater, Echeverría, Gómez Pin et alii)..
No recuerdo que la disciplina estuviere en sus clases. Ni el trabajo ( por no hablar de lo que opinaban a la sazón sobre la práxis de la violencia que día Benjamin). Esa generación en parte fue alumna suya. el ego del sedicente intelectual no tiene tasa ni mesura. Pero tampoco el dicente es responsable de su animus ni de su venia docendi
Bueno, tampoco es que Félix de Azua o Muñoz Molina propongan nada ¿no?. Es decir, Molina me parece enormemente cabal, como escritor y como persona pero el señor Azua, cuando se queja de todo y de todos, ¿que aporta a un diálogo sobre la situación actual? Molina propone que la gente se de cuenta de cual es nuestra situación actual tomando la perspectiva de alejarnos en el tiempo y en la geografía de la España actual, lo que es un ejercicio de objetividad que siempre es positivo. A mí no me parece que nuestros políticos sean vagos, lo que sí creo es que ya nadie toma una decisión sin consultar a expertos de todo tipo y, al final, no se sabe si quien gobierna son los que se sientan en el parlamento o los gurús que están de moda en las escuelas superiores de CC. Económicas. Vivimos en una tecnocracia lo queramos o no. Nadie quiere desprenderse de un sistema democrático que premia a líderes carismáticos creados por expertos publicistas, aunque sólo sirvan para mantener la ilusión de que existe la democracia. La democracia debería adaptarse a la realidad y no vice versa y si ya nadie es capaz de tomar decisiones sin consultar a un gabienete de expertos entonces lo que se debería de elejir es al gabiente adecuado y no al un monigote de turno que sepa sonreirle al público y a quién no se le podrá pedir cuentas de sus errores cuando se vaya.
Estoy básicamente de acuerdo con vosotros. Yo no quiero convertir este artículo en un debate sobre la figura y trayectoria de Félix de Azúa. La mayoría de los profesores que tuve en la Universidad Autónoma de Barcelona, cuando estudiaba Ciencias de la Información, en los año ochenta, eran ‘progres’ mal reciclados; profesionalmente, eran malos y muchos eran periodistas frustrados que no habían pisado jamás una redacción. Ideológicamente, eran auténticos “terroristas” del pensamiento: sectarios, simplistas y profundamente autoritarios. Yo tuve enfrentamientos dialécticos con varios de esos profesores. En aquella época yo era un joven que creía en la bondad del ser humano y de la izquierda. Era bastante idealista, pero aún así los catecismos ideológicos se me atragantaban. Es cierto que, además de criticar, hay que proponer. Pero el problema hoy en día es proponer qué. Yo lo ignoro, francamente, pero sé que este mundo nuestro es perfectible y mejorable, y me gustaría que no fuera una mera creencia. Supongo que como vosotros.
Saludos
Es un análisis muy interesante sobre la España que nos ha tocado vivir y que, como decía Muñoz Molina en su artículo, no está tan mal, al menos comparada con lo que había hace cuarenta años. Es cierto que podrían pedirse soluciones, pero en este momento habría que reclamar antes un diagnóstico correcto. Creo que de Azúa se refería, en parte, a eso al hablar del desprecio por el conocimiento porque se disfraza de falso pragmatismo lo que en realidad es irreflexión y pereza mental. Es difícil vender a un público que lo necesario en un momento determinado es pensar y meditar bien sobre una situación difícil y, luego, actuar. Es mucho más vistoso el actuar, aunque sea mal. De hecho, es una constante en los movimientos autoritarios el desprecio por el conocimiento y la reflexión, y su devoción por el “pragmatismo”, la acción y todas esas cosas. Es cierto para el fascismo y el nazismo, lo fue para el comunismo y lo es hasta para ETA.
Hablando de otros temas, a mí me tocó en mi carrera un género de profesores que se acerca mucho a lo que describe Paco: doctrinarios de izquierda, ahítos de lecturas y pensamientos ajenos que habían digerido mal, repetidores de consignas más que pensadores, y creadores de catecismos laicos, más que autores originales. La derecha española ha tenido que llevarse varios varapalos para entender que debía cambiar si quería ser percibida por la sociedad española como una alternativa válida y no como una amenaza a la democracia (la Transición y hasta el 11-M lo fueron) pero es imprescindible para este país que la izquierda se reforme, que abandone la idea de que es intrínsecamente buena y sabia, que deje su visión maniquea y tuerta de la política española, que deje de buscar excusas en una guerra que perdió hace setenta años y que entienda que su papel en el futuro de este país está por cubrir todavía. La necesitamos, pero la necesitamos útil. Recuerdo que hace bien poco, cuando murió Kim Jong-il, las juventudes de IU de Andalucía publicaron un obituario a favor de uno de los más monstruosos dictadores de este siglo. No pasó nada. Ni un recuerdo para las víctimas del régimen norcoreano ni una palabra, siquiera de disgusto. No me quiero ni imaginar qué hubiera ocurrido si a alguien vinculado con el PP se le hubiera ocurrido simplemente decir que con Pinochet hacía mejor tiempo.
Muy interesante la opinión de Werneriano sobre la tecnocracia como forma de gobierno. El caso es que en un mundo ideal se debería establecer un circuito entre tecnócratas y políticos. Aquéllos asesoran a éstos y éstos dan las directrices políticas a aquéllos para que las apliquen. Lo cierto es que cuando el circuito se descompensa en el primer sentido se puede llegar al autoritarismo, y en el segundo, a la ineficiencia y al doctrinarismo. Pero no se me ocurren soluciones, la verdad.
La cuestión podría ser mucho más peliaguda que qué se puede proponer para salir del paso. Puede ser que lo difícil sea que alguien se atreva a decirlo y que haya quien quiera escucharlo.
La idea de la democracia surgió en Atenas y, entonces se dejaba participar a aquellos a los que se consideraba aptos para hacerlo, es decir a atenienses no esclavos. Con la alfabetización general se extendió ese derecho a cualquier mayor de edad pero sólo hace falta leer un poco en cualquier foro de opinión para darse cuenta de que la mayoría de gente no está intelectualmente capacitada para opinar creativamente sobre política y sólo son capaces de repetir eslóganes pegadizos como la canción del verano. De hecho como ya he dicho vivimos en una tecnocracia y casi nadie es capaz de opinar sobre qué es mejor en finanzas o empleo a nivel nacional y mucho menos europeo. Restringir la participación en democracia es lo contrario de lo que piden los que quieren cambios y podría acabar creando una nueva aristocracia o dando paso a nuevos tipos de dicaduras así que es una política peligrosa e impopular, pero es algo que la gente debería de plantearse para que la solución provenga del pueblo y no de un “iluminado” que, con la que está cayendo, podría aparecer en cualquier momento.
De verdad, de verdad, que no quería entrar al trapo esencialmente “político”, pero llegados a este punto de opiniones, aquí la mía.
Las Universidades españolas están impregnadas de claros y definidos dogmas políticos. Dos ejemplos antitéticos: Universidad de Alicante vs Universidad Miguel Hernández de Elche.
Todos hemos tenido profesores que, aun concediéndoles el beneficio de la duda de su intento de que “no se le notara excesivamente la cuerda”, han hecho sun labor con más o menos acierto.
Yo, que no conocí la Revolución Francesa (perdón por el eufemismo acomodaticio) RENIEGO DE IZQUIERDAS Y DERECHAS. Si, aquella “derecha” así designada, por que se sentaba a la derecha del monarca y que comprendía los estamentos conservadores; y aquella “izquierda” que se sentaba a su izquierda, y en la que encajaban las gentes que predicaban la innovación y progreso.
¿A donde voy? ¿Qué es lo que realmente quiero expresar?
En un mundo, el nuestro, el mundo occidental, donde el analfabetismo está prácticamente desterrado, donde la información (sea del signo que sea) fluye tanto en prensa escrita, como en radio, en televisión e internet; en esta Europa “rica”, según se la conoce desde el punto de vista de algunos ciudadanos de la Europa “asombrada” por la extinta URSS, sobran y faltan cosas antitéticas.
SOBRAN: Sobran políticos, cuya función y génesis es el adoctrinamiento de la población, bajo consignas extraídas del “baúl de la abuela”, y que intentan encontrar su legitimidad en la existencia y virtualidad de la vieja lucha de vocablos casi en desuso (proletario vs capital). No nos hace falta gente que nos arengue, a ejemplo del que lo hace “desde lo alto de un minarete”.
FALTAN: Buenos gestores. Personas capaces de emprender una única tarea: el bien del pueblo, en su multiplicidad de facetas y necesidades.
Si a éstos últimos se les llama “simplemente” tecnócratas, (en un intento de ubicarlos sociológicamente, pero con cierto “retintín”) permítaseme a mi decir de aquéllos, los “políticos”, que son una reminiscencia del pasado, en el que había que llevar de la mano a los súbditos (que no ciudadanos) por que aunque fueran mayores de edad, eran tratados “como niños de andaderas”.
POLÍTICA, en un mundo donde la información, afortunadamente, ocupa un lugar bastante importante en el devenir de la gente (de todas las edades y de todos los estratos sociales), debiera a mi juicio entenderse como LA FORMA DE ORIENTAR LAS DISTINTAS ACTIVIDADES (políticas, en sentido de detalle) DEL PAÍS, PARA LA SATISFACCIÓN DE LA POBLACIÓN.
Considero que la época del “adoctrinamiento borreguil” es digno de ser desterrado, y qué mejor forma de hacerlo que EXTIRPÁNDOLOLO del mundo donde se supone que descansa la ciencia: LAS UNIVERSIDADES.
Por que, una cosa es ENSEÑAR TODAS LAS OPCIONES DEL PENSAMIENTO, y otra muy distinta, incardinar tendenciosamente hacia ellas a las juventudes de élite. (Y permítaseme utilizar el vocablo “élite” en el sentido mejor del término).
Esta es mi opinión…….y para poner el broche, decir, simplemente lo siguiente: Yo he tenido profesores, en varias especialidades académicas, “de distinta cuerda”. A todos los he respetado, pero gracias a mi libertad de pensamiento (no casado con ninguna ideología), he podido interiorizar aquello que mi capacidad ha considerado en cada momento.
A ésto yo le llamo libertad: la que no conoce enclaustramientos.
En algunas cosas, me gustaría ser francés: No les sucede como a los españoles, que votan (votamos) más con el corazón que con la razón. Ellos, los franceses, tienen la enorme virtud de poder elegir, indistintamente, a un candidato o a otro, NO EN ATENCIÓN A SU CUERDA, SINO EN ATENCIÓN A SUS PROPOSICIONES Y/O RESULTADOS.
Querido Patzi:
En términos generales, comparto lo que dices, menos el último párrafo sobre los franceses. A mí, en términos políticos, no me gustaría ser francés, porque el sistema político de Francia es AÚN PEOR QUE EL ESPAÑOL Y ES, PROBABLEMENTE, EL MÁS ATRASADO DE TODOS LOS GRANDES PAÍSES DE LA UNIÓN EUROPEA. Sabes, amigo, que he vivido en este país una serie de años, hablo perfectamente la lengua de Molière, leo prensa francesa a diario y lo mismo libros, veo televisiones de este país, etc. Su sistema político, fruto de la V República que impulsó el general De Gaulle, es anticuado; sus partidos son de otra época y la cultura electoral deja mucho que desear. Resultado de todo lo que hhe dicho: entre extrema derecha y extrema izquierda, más del 30% de los electores votan por opciones peligrosas para la vida política y social y la propia salud mental de nuestros vecinos del norte. En Francia, todavía existe el Partido Comunista Francés (PCF), que siempre fue más integrista que el PCE, y no digamos el PC italiano; ahora se camufla en el Front de Gauche del señor Mélenchon. En España, el PCE se camufla dentro de IU. En Francia hay candidatos trotsquistas y de izquierda ultrarradical que dicen unas sandeces tremendas, y hay gente que les vota, 10% hace pocos años. En España estamos mal, pero no llegamos a tanto. Además, el poder de la casta mediática e intelectual políticamente correcta, y su unión con la casta política, es mucho mayor que en España. Si nos quejamos porque en España el espacio para los librepensadores es más bien reducido, en Francia es ultra minoritario.
Patzi, te remito al libro del periodista francés Denis Jeambar ‘Los dictadores del pensamiento’. El autor analiza con mucha valía lo que he tratado de explicar.
Un abrazo desde Varsovia.
Los dictadores del pensamiento
(y demás aleccionadores)
Autor Principal: Jeambar, Denis

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ISBN: 9788493465841
Editorial: Gota a Gota Ediciones
Fecha de la edición: 2006
Lugar de la edición: Barcelona. España
Colección: Verde
Encuadernación: Cartoné
Medidas: 25 cm
Nº Pág.: 103
Idiomas: Español
Querido amigo Paco:
Muchas gracias por las referencias bibliográficas que me facilitas que, por supuesto, anoto en aras de adquirir (si es posible) dicha obra. Mil gracias.
PERO POR OTRO LADO, MATIZO: La referencia expresa y directa a los franceses, lo era en el plano subjetivo; es decir: Tal vez sea una pura casualidad (que puede ser), pero todas las personas de esa nacionalidad con las que yo he tenido contacto académico, me han mostrado la senda del libre pensador. Todos y cada uno de ellos, han votado indistintamente a derechas e izquierdas, sin ningún cargo de conciencia ni rubor. ( Y pido disculpas, por que en 2012, seguir hablando de derechas e izquierdas me suena tan rancio…..)
No me refería, amigo Paco, al sistema electoral francés, que sigue el modelo continental con variantes “a la carta”, sino al (por así decirlo) sentir de las personas ante un posible cambio electoral.
Tu sabes, igual que yo, que nosotros los españoles, salvo raras y respetables situaciones, solemos votar con el corazón (¡¡ como mi abuelo era de derechas, pues yo también….!! ) Esto ha sido, y sigue siendo, aqui en España, tan normal hoy en día……
Yo le aplico al francés, bien la inteligencia, bien la capacidad, bien la frialdad, bien lo que sea….surficiente para votar en cada momento, sin ataduras sentimentales.
De otra parte, decirte que ES APASIONANTE, no ya el artículo (que lo es) sino la cantidad de “cromatismos” que se pueden obtener en un educado y serio debate como está siendo.
GRACIAS, PACO, POR TU SAPIENCIA !!
UN FUERTE ABRAZO DESDE ALICANTE
Yo pertenezco a la penúltima promoción que se vió obligada a elegir entre hacer la mili o la objección de conciencia. Era un sistema absurdo de mantenernos ocupados cuando deberíamos estar buscando trabajo o pasándolo bien pero tenía uno, sólo un efecto práctico incuestionable. A todos los intelectuales como vosotros y como yo, con estudios superiores nos ponía en contacto con la verdadera sociedad. Lo digo porque las personas con un cierto nivel educativo, evitamos el contacto con los de un nivel muy inferior al nuestro, y eso es verdad os guste o no, y lo hacemos todos aunque la mayor parte de nuestras familias tenga sólo estudios primarios, no por desprecio sino, simplemente porque queremos estar con personas que tienen algo que decir, que hacen cosas interesantes con su tiempo libre, etc. Lo digo con conocimiento de causa porque he pasado por ello y he visto a otros en mi situación y es SORPRENDENTE, lo pocos que somos los que teniendo acceso a toda esa información de la que habláis somos capaces de hacer algo con ella. Todo eso de enseñar a participar en democracia y como son todas las opciones es muy bonito pero si algo me demuestra es que no habéis tenido esa experiencia tan valiosa que da salir de vuetro entorno social.
El resto, más del 70% de la sociedad ni saben, ni quieren saber nada de política ni de opciones, les interesa sólo el aquí y ahora, y quizás un poco el futuro, pero no muy lejano, sólo aquello que pueden imaginar sin esfuerzo. Ningún sistema educativo ha sido capaz de cambiar eso y dudo que las mejores intenciones sean capaces de hacerlo, así que la democracia, tal y como está planteada pone un 70% del poder de decisión en manos de personas altamente manipulables por los trucos más burdos de mercadotecnia. En mi opinión eso es ungrave error.