Amores Bastardos – Capítulo 5
Eduardo los conocía bien, o al menos eso suponía. Ambos eran miembros del Opus, ella, una antigua numeraria auxiliar se había saltado la norma de no dirigir la palabra a los miembros a los que servían, o bien él, quién sabía, y habían acabado casándose. Tenían seis hijos, cuatro chicas y dos chicos cuyas fotos se afanaba él tanto en mostrar que incluso, por la mañana, después de realizar la proeza de saciar a tres prostitutas una tras otra, se había sentado con ellas a comentar las cualidades de cada uno de sus churumbeles, todos evidentemente curtidos por el duro trabajo en el campo y bien robustos gracias a los estupendos guisados que su madre les preparaba.
José María poseía un gran almacén de naranjas en Sueca y un número muy alto de minifundios repartidos por las comarcas de la Ribera Alta del Júcar y la Safor. A la manera valenciana se podía decir que era un latifundista. Para él, unirse a aquella empresa era dar un paso más en un camino hacia la eliminación de incómodos intermediarios que ya había emprendido cuando se unió al proyecto de Mar-Fruits.
Antonia había pasado toda la mañana pegada a Agnieszka la mujer de Pawel
con quien compartía su falta de interés por las compras. Como a Carolina era algo que le entusiasmaba se fue junto con Dorota Majewska, la mujer de Marcin Majewski y las dos encontraron rápidamente una forma de comunicarse que se basaba en señalar objetos, tocarlos al tiempo que gesticulaban para mostrar su aprobación o rechazo y darse suaves empujones y tirones para dirigir la atención hacia uno u otro lugar o prenda. Carolina hubiera adorado sentarse junto a Dorota, pues ambas se lo habían pasado en grande con todo aquel correteo por los pasillos del centro comercial, los malentendidos y la sorpresa de poder comprenderse tan bien sin decir palabra, pero las costumbres mandan y debía comenzar la cena sentada junto a su marido. No tardaría mucho en volver con su nueva amiga. Tenia casi mas curiosidad por saber como expresarían su opinión sobre la comida y como se hablarían sobre sus familias que la que le producía la misteriosa actitud de Ana.
Pablo, sentado al lado de Paweł, hablaba con Agnieszka, la única polaca, aparte de Eduardo que hablaba español, que, aunque rudimentario, era suficiente para hacer las veces de traductora entre ambos. Cuando Eduardo los miraba tenia la sensación de que algo mas que amistad había surgido entre ellos por la mañana, algo le hacia sospechar que quizás no todas las caricias que hicieron a la chica que compartieron acabaron en la piel de ella. Se les veía tan entusiasmados, tan deseosos de hablarse, a pesar de los apuros de la pobre Agnieszka, que apenas daba abasto para seguirles.
Pablo había heredado de su padre, junto a su hermana, uno de los mayores almacenes de Castellón, situado en Burriana, que transformaron en el mas moderno y mayor de Valencia.
Su hermana era la única mujer que había sido avisada de los planes del grupo de hombres respecto a la mañana de aquel día, Eduardo sabia que era discreta. Ella misma había organizado más de un encuentro de negocios con regalo “picante” incluido.
Tanto Pablo como su hermana habían cursado estudios de Económicas en la Universidad Católica de Cheste, cerca de Valencia. Ambos, junto a Agnieszka eran las únicas personas con estudios superiores sentadas a la mesa y Eduardo les admiraba y envidiaba porque el jamás tuvo paciencia ni el tiempo para terminar. Cuando estaba en el primer año de contabilidad y finanzas comenzó a trabajar en una de las cadenas de supermercados mas importantes de Polonia poniendo la mercancía en los estantes. Un año después entró en el departamento de contabilidad y al siguiente le ofrecieron un puesto en compras que le dejo sin tiempo para continuar estudiando.
Agnieska era una mujer delicada. Sus modales y gestos eran los de alguien que estaba acostumbrado a moverse por las altas esferas de la sociedad. Pawel la trataba con enorme consideración, como si se tratase de una figura de porcelana. Una escultura viva pero delicada a la que hubiera de proteger y mimar.
Paweł era alto y de complexión fuerte. Al verlo uno tenía la impresión, correcta por lo demás, de que se trataba de una persona poco acostumbrada a la inactividad, un hombre de acción o un jugador avezado en las lides de los altos riesgos.
Para llegar hasta donde estaba había ido hipotecando todo lo que ganaba para seguir comprando e hipotecar lo recién adquirido.
Paweł se unió a la empresa de Eduardo con la esperanza de que la bonanza económica permitiera pagar todas sus hipotecas, además, insertar su organización en una más grande, le permitiría sobrevivir más fácilmente a cualquier crisis y ataque de la competencia que estando sólo. Finalmente conseguiría sentar la cabeza y ser un padre para sus hijos.
Marcin Majewski se sentaba a la derecha de Eduardo. Era el encargado de logística y su mejor amigo. Su padre había sido un mandatario del partido comunista, buen amigo de su abuela, que cometió suicidio poco después de la llegada de la democracia. El hombre había tenido muchas cuentas pendientes con gente a la que había perseguido y encarcelado, aparte de una extensa red de contactos con los servicios secretos rusos, sobretodo con los más tendentes a convertirse en organizaciones mafiosas. Por aquel entonces había comenzado a ser investigado y decidió quitarse de en medio.
Pero no dejó a su mujer y a su único hijo sin nada. Muchos de aquellos siniestros personajes de la era del comunismo que después se convirtieron en líderes de importantes empresas, influyentes políticos o capos mafiosos se acordaron de ellos y les ayudaron a vivir cómodamente.
Marcin estaba acostumbrado a tratar con lo más selecto y peligroso de las sociedades Polaca y Rusa. En un principio su empresa de transporte había sido una tapadera para actividades de contrabando entre diferentes países del antiguo bloque comunista, actividades tan fructíferas que le habían permitido crear una de las redes de transporte más grandes de la Europa central.
Marcin no necesitaba entrar en la empresa y su intención era, tan sólo, la de prestar el apoyo necesario en lo referente al transporte. Lo que más le impulsaba a cooperar con Eduardo era su amistad hacia él.
Tras la puerta cerrada de la sala, una fila de camareros esperaban una orden del ayudante de la maître para entrar a servir las bebidas, vino blanco, tinto y vodka. Esta, en la cocina esperaba, a su vez, que el chef en jefe le confirmara que la comida ya estaba lista. Cuando lo hubo hecho la maître ordenó por teléfono a su ayudante que comenzaran a servirse las bebidas. El ayudante recibió la orden a través de su auricular bluetooth e inmediatamente abrió la puerta de la sala.
- Venga, adentro, dijo con la voz firme e imperativa de un coronel. Uno tras otro, en orden, adelante. El mismo entró y se quedó al lado de la puerta observándolo todo muy quieto, guardando un sepulcral silencio.
Como era de esperar los polacos se decantaron por el vodka y los españoles por el vino. Había, también, una copa de champán para cada uno. Cuando todos estaban servidos Eduardo se levantó he hizo un brindis por el futuro de la empresa y por el enriquecimiento, hasta lo detestable, de los socios. Habló primero en español, después en polaco y finalmente alzó su copa y se bebió el champán de un trago.
Cuando hubieron bebido, el ayudante del maître salió sigilosamente y ordenó entrar al siguiente grupo de camareros que esperaban en fila portando la comida.
Eduardo se sentó y observó a ambos lados. Todo estaba saliendo a la perfección.
Marcin le sonreía mientras Dorota devoraba ansiosamente todo lo que había en el plato. Era la persona más parecida a él mismo que conocía pero, a veces, le asustaba ver hasta que punto una relación estable puede minar la independencia de uno. Marcin le buscaba para sus escapadas nocturnas y le usaba como pretexto con su mujer. Hacía todo lo posible con tal de que ella no se enterara de que iban algunos de aquellos viajes de negocios. Necesitaba excusas para salir con él de fiesta y si lo hacían en parejas se notaba que al cabo de unas horas estaba deseando volver a casa.
Para Eduardo estaba claro que ese era su futuro. No había otra salida. Había querido retrasarlo lo máximo posible pero cuando Marcin se casó el año anterior se quedó como el último soltero del grupo de la universidad y ahora que Dorota estaba de tres meses se daba cuenta de que si esperaba demasiado corría el riesgo de que sus hijos tuvieran un padre de la tercera edad.
No le convencía la idea de pasarse la vida escondiéndose de su mujer, mintiéndole e inventándose excusas para mantener una doble vida. Aneta no sería fácil de engañar porque ya lo conocía muy bien y sólo de imaginarse un futuro así ya se sentía cansado.
La cena iba por buen camino. El hecho de que en la mesa hubiera personas de dos nacionalidades hacía que no se separaran en grupos de hombres y mujeres y eso permitía dejar de lado los negocios. Así resultaba también más fácil observar a las parejas que formaban.
Eduardo se preguntaba si sería posible construir con Aneta una relación como la que tenían Francisco y Carolina. Ellos se demostraban mutua devoción, sin la pasión de la juventud pero queriéndose tiernamente. Se veía que no podían vivir el uno sin el otro.
Pero la respuesta llegaba tan pronto como se comparaba a si mismo con Francisco. Aquel era una persona tranquila, de firme carácter y educado en el respeto a unos valores tan antiguos como la tierra de sus campos. Él mismo había sido educado por una mujer que había dejado de creer en sus propios ideales hacía tiempo, mujer que murió siendo él apenas un adolescente, dejándole sólo, en la época más difícil de su vida. No, él no lo había tenido fácil a la hora de encontrarse un lugar en el mundo y eso le hacía ser cualquier cosa menos tranquilo, además, los valores de Francisco, aunque correctos, le parecían impracticables.
Los mismos valores, probablemente en los que habían sido educados José María y Antonia pero ¡qué diferencia tan grande!. No era, desde luego el tipo de pareja que podría formar, ni con Aneta ni con ninguna mujer a la que fuera capaz de querer. Chicas nacidas para ser esclavas las había desde luego. Si se hubiera propuesto alguna vez encontrar una así la habría encontrado. Ser dominado por completo es una manera muy eficaz de deshacerse de todas las responsabilidades, había que renunciar, eso si, a tener una voluntad propia, pero había quién estaba dispuesta a cometer el sacrificio con tal de no tener que tomar una sola decisión en su vida.
Tampoco se veía a si mismo adorando a una diva como Paweł, pero entonces ¿eran esas todas las opciones?. ¿Quedaba algo más?.
Estaba Magdalena. La tigresa.
Nada más pensarlo sintió una oleada de deseo tomar el control de su cuerpo. Era casi como si pudiese verla, bailando ante él. Si hubiese estado allí, de verdad, le habría arrancado la ropa y le habría hecho el amor encima de la mesa.
- Otra vez no, pensó. Ya está volviendo a pasar, he de quitármela de la cabeza. No es mi futuro, no es lo que quiero. ¡No, no, no!. ¡Vete de aquí!, ¡fuera de mi cabeza!.
En aquel momento el ayudante de la maître salió de las sombras donde se había refugiado y se inclinó para hablarle, casi al oído.
- Por favor, acompáñeme, tenemos su encargo y quisiéramos que le diera su aprobación.
Llegaba justo a tiempo. El ayudante le había rescatado de sus propios pensamientos.
La maître en persona lo esperaba. Lo miraba con desprecio sosteniendo en sus manos el cofrecillo rojo.
- Espero que sea de su agrado, dijo abriéndolo.
- Gracias, es ideal. A mi novia le encantará.
- ¿Pagará en tarjeta, o se lo cargo a la cuenta de la cena?
- No, en tarjeta. ¿He de acompañarle a la tienda o se puede llevar mi tarjeta usted?
Daba la impresión como si con cada frase que decía, ella tuviera que aumentar su esfuerzo por contener la indignación.
- No es necesario, dijo mostrándole bruscamente el aparato que llevaba en la mano.
Era de plástico negro, del tamaño de un libro de bolsillo y tenía una pantalla digital y una ranura. La maître tomó la tarjeta de la mano de Eduardo y la pasó por el lector, tras unos segundos la operación fue aceptada y le devolvió tarjeta, resguardo y anillo.
Volvió a la sala apretando el anillo en su bolsillo. Su pareja quizás no se pareciera nunca a una de las que se sentaban a la mesa en aquel momento pero eso ya no le importaba. Tenía un proyecto de futuro, una empresa en ciernes y una familia que formar. Tendría todo lo que cualquiera puede desear y sería feliz.



Gracias, Juan. He leído dos veces, porque hay más y más protagonistas, debo hacer amistad con ellos. ¡Hasta el próximo jueves!
Hasta el jueves entonces
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