Amores Bastardos – Capítulo 7
No contestó. Se quedó simplemente paralizado. Desnudo, completamente expuesto, se sentía más vulnerable que nunca.
Aneta entró abriendo la puerta de golpe. Tenía los ojos desorbitados. Temblaba de pie bajo el marco observando a la pareja.
No tenía ni idea de qué decirle. En los segundos en los que ella se mantuvo inmóvil mirándoles pasmada se le pasaron mil ideas por la cabeza, todas ellas absurdas.
Sin decir palabra cerró de un portazo, cogió su abrigo y dio otro portazo con tal fuerza que hizo temblar las paredes.
- ¿Vienes esta noche?, preguntó Magda con tono afectado.
- Ehmm, Si, claro.
Magda se metió en el cuarto de baño y se duchó mientras Eduardo pensaba en el cariz que habían tomado las cosas. La chica con la que debería casarse le acababa de encontrar en la cama con otra y la otra, a quién debería olvidar de inmediato, le hacía sentir una pasión sobrecogedora. De hecho no tenía ganas algunas de pedir perdón a Aneta. Sólo deseaba estar con Magdalena, comprenderla, acariciarla, besarla, sacarla de aquel mundo en el que se había metido para salir de la pobreza, darle todo lo que ella quería y pertenecerse el uno al otro.
Cuando llegó allí ya no parecía el mismo sitio. Si no hubiese recorrido el mismo camino para llegar, si la casa, el parking ante ella, todo no hubiese sido idéntico a como lo recordaba, hubiese creído que se trataba de un burdel diferente.
Al entrar no vio el mismo espacio abierto. Ya no estaba la barra circular en el centro, con el poste metálico ni la plataforma para desfilar.
No había nada de aquello. Tan sólo un pequeño vestíbulo y, a un lado, un mastodonte calvo de ojos azules vestido con traje de chaqueta, recogiendo dinero de los que entraban y metiéndolo en una caja metálica, sobre una mesilla.
Eduardo se detuvo ante él y le dijo que deseaba hablar con su jefe. El hombre contestó, sin que su cara expresara emoción alguna.
- El jefe no habla con los clientes
- Quiero hablar de negocios con él.
- Vete de aquí o te reviento a patadas.
- Mira, pertenezco al grupo que vino el otro día. Aunque no sé lo que ha pasado desde entonces porque no reconozco este vestíbulo ni el corredor que se ve cuando se abre la puerta.
Un brillo de inteligencia iluminó los ojos del matón. Pareció, incluso adquirir algo de vida. Cogió la caja y le indicó que le siguiera.
Atravesaron el corto corredor para encontrarse en una pequeña sala en cuyo centro se encontraba, precisamente la barra, la pasarela y el poste que en su memoria había, grabados a fuego.
Miró a su alrededor. Las paredes, oscuras, aniquilaban la poca luz de la estancia que surgía de focos dirigidos al poste y a las botellas del bar.
Rodearon la barra y entraron en otro vestíbulo, este terminaba en una puerta ante la cual se encontraba otro matón de idéntico aspecto al primero.
Hablaron entre ellos en ruso. Eduardo lamentó haberse negado a estudiar aquel idioma. Todos aprendían ruso cuando Polonia era un país comunista pero él siempre copiaba en los exámenes. Sólo en los de ruso, odiaba aquel pueblo. En todas las otras asignaturas sacaba buenas notas sin dificultad pero el idioma de los invasores se negaba a estudiarlo. Y ahora casi no entendía lo que se decían, algo que podía ser crucial.
Se quedó con el segundo matón que abrió la puerta tras él e indicándole que le siguiera le guió por una escalera hasta el despacho del jefe.
El hombre era bajito, regordete y entrado en canas. Llevaba una camisa abierta al estilo años setenta, y tanto oro como un cantante de rap aunque todos sus rasgos denotaban un claro orígen asiático.
- Así que quieres llevarte a una de mis chicas.
- Siento algo muy especial por una de ellas. La conocí aquí y nos hemos seguido viendo.
- No me gusta que mis chicas anden por ahí trabajando sin que yo me entere.
- No me ha cobrado. Estamos juntos porque sentimos algo muy especial el uno por el otro.
- El amor, en fin, eso pasa de vez en cuando.
- Y, ¿qué es lo que hace entonces usted?
- Depende, dijo esbozando una sonrisa inquietante. A veces me limito a preguntar qué chica era y hago que ella misma se encargue de castigar al imbécil.
Eduardo tragó saliva con dificultad. La cosa podía salir muy diferente a cómo había planeado. Los pensamientos se agolpaban y cada uno era la imaginación de un escenario diferente de lo que podía pasar a continuación. Entonces fue consciete de su error. Si le hubiese dicho a Magdalena lo que pensaba hacer, ella le habría podido explicar cómo afrontar la situación. Se había atrevido a demasiado.
- Otras veces, si creo que el cliente tiene posibilidades de pagar lo que me cuesta perder a la chica, les hago una oferta.
- Soy todo oídos, entonces.
- Yo también. ¿Cuál es la chica?
- Magdalena Petrova.
Esta vez fue el mafioso el que se quedó mudo. La cara del hombre reflejaba una lucha interna que duró unos eternos minutos.
La astracción del ruso obligaba a Eduardo analizar cada movimiento de sus facciones, con una concentración absoluta. Sin embargo no era capaz de inferir nada de los pequeños cambios en la comisura de sus labios, ni del jugueteo de dedos que había comenzado hacia el tercer minuto, con una tarjeta de visita que el ruso había encontrado sobre la mesa.
- Diez mil dólares, dijo.
- Le firmo el cheque ahora mismo.
- Nada de cheques. Mañana me traes el dinero. A Magdalena te la puedes llevar ya. Mi hombre te acompañará a la sala de espera.
Eduardo sintió tal alivio que apenas se paró a pensar que no era nada fácil conseguir que un banco le diera aquella suma de dólares.
- ¿Por cierto?, ¿Qué ha pasado con el local? Está totalmente cambiado.
- Ah, las paredes, las colgamos de rieles en el techo. Tienen un aspecto tan real que ni acercándose mucho se daría uno cuenta de que son de cartón. Pero con un ligero golpe de nudillo se destapa toda la farsa, aquí todo es falso, dicho sea de paso.
Para terminar una lista de enlaces a capítulos anteriores



Creo que unos problemas están viniendo … Eduardo, lucha, como La Furia Roja!
Saludos de vacaciones!!!!
Muy bueno, La Furia Roja. Eduardo va a tener que pelear tanto o mejor que nuestra selección. Felices vacaciones