Amores bastardos – Capítulo 15

Era una suerte que el hombre no tuviera nada más que hacer. Volver a pie, por aquellas calles fangosas le hubiese resultado agotador, sucio y frustrante.

Mientras miraba, de pie, a la puerta que se abriría de un momento a otro, se preguntaba como recibirían a alguien que venía de tan lejos, vestido con un aparatoso abrigo de pieles, a hablar sobre la hija que ellos habían repudiado años atrás, su mujer.

Le abrió un hombre de unos cincuenta años, de aspecto atlético, bien cuidado, con una corta melena gris que le condujo hasta la sala donde se encontraban los padres y la hermana pequeña de Magdalena. La pareja tendría unos sesenta y pico años, con bastantes quilos de más y mucho pelo de menos en la cabeza del padre. El que le trajo hasta allí se fue sigilosamente. La chica era una versión rubia y adolescente de su mujer.

–          Me imagino qué es lo que está pensando cuando mira a mi hija, dijo la madre. La respuesta es no. No se parecen en nada. Esta nunca terminará como su hermana, añadió severamente

–          Invertimos mucho en ella, continuó la madre. Aunque también lo hicimos con la otra, pero entonces teníamos una vida muy activa y no pudimos cuidar a nuestras hijas como necesitaban. A Marina le damos más cariño. Toca muy bien el violonchelo. Ha participado ya en varios conciertos.

–          No me extraña, dijo Eduardo, la escuché al acercarme, el sonido era maravilloso.

–          Era Gabriel Fauré, la elegía para violonchelo y orquesta Ópus 24, se atrevió a añadir la chica.

–          Vaya, ya ve, yo sé muy poco de música clásica, ni siquiera conozco la diferencia entre un violonchelo y un violín.

El último comentario lo hizo moviendo las manos con un ligero aspaviento, para hacerse perdonar la ignorancia con la gracia y para compensar su tosco manejo del idioma ruso, tosco pero suficiente.

La chica le contestó riéndose de buena gana.

–          He llegado a oir que es lo mismo pero de diferente tamaño, añadió la joven.

–          Marina, dijo el padre. Por favor, déjanos solos.

Marina, se fue de allí sin rechistar, por la misma puerta por dónde había desaparecido el mayordomo.

Empezó a hablar el padre que se levantó y se acercó a la ventana para mirar a través, con una solemnidad teatral.

–          Antes de la Perestroika nuestra vida era mucho más cómoda. Se trabajaba ocho horas y, aparte de las reuniones del comité local del PC uno llegaba a casa y se olvidaba de sus obligaciones. Cuando llegaron las reformas y el capitalismo, hubo que ponerse a trabajar duro para conservar lo que teníamos. Entonces Vladivostok era una ciudad cerrada y muchos de los cambios que estaban pasando en el resto de la federación aquí estaban controlados. ¿Sabe usted lo que significaba vivir en una ciudad cerrada?

–          Claro, en Polonia, para entrar en la zona del puerto de Leba se necesitaba un salvoconducto, y daba los mismo ser polaco o no, sólo unos pocos lo recibían y a los marineros no se les permitía salir de la ciudad. Era una forma de hacer difícil el contacto con los extranjeros, y así evitar que ideas peligrosas o espías occidentales tuvieran contacto con la población. Es normal que con la llegada de la democracia abrieran los puertos. No tenía ya sentido que siguieran cerrados.

–          Aún así, teníamos seguridad, se podía andar por las calles sin miedo y ahora, la mafia está en todas partes, se diría que, incluso gobierna el país.

–          He de felicitarles por lo bien que les ha ido y el poco efecto que parece haber tenido en ustedes y en sus negocios la corrupción generalizada y tanto trabajo. Nadie diría que han tenido que ayudar a cargar mercancías en el puerto.

–          No sea sarcástico señor Nowak, el trabajo de organizar y dirigir una empresa puede ser agotador y estoy seguro de que usted sabe de lo que hablo.

–          Siento haberles ofendido. Mis palabras no pretendían ser una muestra de sarcasmo sino un halago.

–          No se preocupe. En nuestra posición estamos acostumbrados a que nos envidien.

–          No lo dudo, pero dígame, ¿Qué hizo Magdalena para que se rompiera todo contacto entre ustedes?

–          Se lo explicaré, pero antes quiero que comprenda una cosa claramente.

–          Le escucho con total atención.

–          Nosotros no le conocemos de nada. No sabemos quién es usted ni de dónde viene.

–          Ya se lo he dicho soy Eduardo Nowak, marido de Magdalena Nowak, su hija..

–          Magdalena Nowak no es hija nuestra, replicó la madre, y la que se apellidaba Petrova dejó de serlo hace mucho tiempo.

–          Para nosotros, sería mejor que nunca hubiera nacido, dijo el padre mientras la madre bajaba los ojos como si quisiera enterrar su vergüenza bajo el parqué.

–          Era una niña preciosa aunque, desde el principio era muy difícil, casi incontrolable, pero pensábamos que se le pasaría al madurar. Por desgracia nos equivocamos.

–          Como ya le ha dicho mi marido, tendríamos que haber estado con ella para dominarla, para enderezarla, pero nuestra prioridad era sacar a la familia adelante. Por aquella época Marina empezaba a ir al colegio. Como a su hermana, la inscribimos en el colegio privado dónde van los hijos de nuestros amigos y conocidos.

–          Un colegio muy caro, continuó el marido, por lo que no íbamos a poder vivir con el nivel que teníamos antes si no tomábamos el control de las empresas que yo dirigía durante el comunismo. Con tanto trabajo no nos dimos cuenta del monstruo en el que se estaba convirtiendo nuestra hija.

–          Su desfachatez era tal que comenzó a echarse novios entre los más borrachos y pendencieros de los chicos de su edad, dijo la madre. Perdimos totalmente el control. Se nos fue de las manos, pero aún así pensamos que sería algo de la adolescencia, que se le pasaría. Y en eso también nos equivocamos. Cuando se quedó embarazada con dieciséis años comprendimos que iba a destruirse a sí misma.

–          ¿Embarazada? No sabía nada, ¿Y el hijo?

–          No lo tuvo, por supuesto, aunque ella quería tenerlo. Le convencimos de que abortara. ¿cómo iba a ser madre tan joven?

–          Claro. Les preocupaba su futuro. Lástima que ella no lo viera de la misma manera.

–          Y entonces, añadió el padre, pareció que todo volvía a la normalidad. Comenzó a estudiar de nuevo y entró en la Universidad. Hizo el primer año de filosofía y letras. Ese año, Boris Yeltsin rechazó el golpe de estado con el que se pretendía evitar, todo lo que está ocurriendo ahora.

Eduardo no salía de su asombro. Sabía que su mujer poseía una inteligencia fuera de lo común aunque no parecía demasiado interesada ni en usarla ni en demostrar que la tuviera, pero que hubiera empezado a estudiar una carrera como aquella le dejaba sin habla. Le asustaba darse cuenta de cuánto se había equivocado al imaginar el pasado de Magda y lo poco que sabía de ella. Lo que había averiguado era más bien el tipo de cosas que uno no se empeña mucho en ocultar si no es por pretender ser modesto, aunque en ese caso uno deja pistas para que los demás lo descubran todo. Magdalena había guardado lo referente a su vida anterior con tanto celo que lo que fuera que había hecho de malo tenía que justificar aquel empeño. Tenía que ser algo terrible. Eduardo tragó saliva y preguntó.

–          Pero, ¿qué es lo que ella hizo para que ustedes la repudiaran?

–          Aquel año, dijo el padre alejándose de la ventana y acercándose a Eduardo, para ponerse frente a él, la recién adquirida libertad les vino muy bien a los más desalmados para llegar al poder.  Entonces, en Moscú, conoció a lo peor de la ciudad. Se juntó con los gángsters y mafiosos del mundo de las drogas y  la prostitución.

–          ¿Cómo lo supieron estando ella tan lejos?

–          Al principio no teníamos ni idea, contestó la madre. Nos decía que unos compañeros suyos de la facultad habían montado una agencia turística y ella participaba en el negocio como podía.

–          Con el fin del comunismo, siguió el padre,  era ya posible atravesar las fronteras con la Europa del oeste y al abrir la ciudad de Vladivostok, al principio nos dijo que había un enorme mercado de trabajo esperando a sirvientas, camareras, estudiantes de idiomas que quisieran pagarse su estancia. Nos extrañaba que no quisiera tratar con hombres pero decía que daban demasiados problemas y, a decir verdad, la explicación nos resultaba creíble. Comenzó a viajar a diferentes lugares de Europa.

–          Ganaba mucho dinero, dijo la madre. Eran nuevos tiempos y no sabíamos nada sobre el capitalismo, pensamos que quizás era normal, hasta que algunos colegas del antiguo KGB comenzaron a enviarnos información sobre los líos en los que andaba metida.

–          Pero ustedes ya no tenían ninguna posibilidad de hacer nada, ¿no?

–          Así es, dijo la madre. Era una bala perdida. Sólo podíamos llorar cuando nos llegaban noticias sobre ella.  No servía de nada amenazarla. Sabíamos que encandilaba a chicas guapas y de buena posición para que se fueran a Europa, les vendía el sueño de que ganarían muchísimo dinero trabajando de prostitutas y se terminarían casando con algún cliente rico.

–          Eso al principio, dijo el padre. Era muy buena captándolas pero ella y sus jefes tuvieron muy rápidamente problemas. Muchos padres querían recuperar a sus hijas pero ni ellos mismos, que las habían llevado hasta esos países, sabían ya donde estaban ni si vivían.

–          Fue entonces cuando la repudiamos, dijo el padre, pero no es ahí cuando se acabó todo, no. Después se fue a España. Sería el año 93 cuando se marchó a Barcelona y desde allí estableció un negocio mucho más tenebroso. Se metió en un algo tan cruel y desalmado que prohibimos volver a mencionar su nombre en nuestra presencia. Hoy hemos roto esa promesa y lo hacemos por usted, porque pensamos que ha caído en su trampa como muchas de aquellas ignorantes pueblerinas.

–          ¿De qué pueblerinas me está hablando?

–          De las que ella seducía por toda Rusia, siguió el padre. Las convencía para que la acompañaran a los países donde ella les decía que estaba abriendo sus fábricas o donde decía conocer ricos que necesitaban sirvientas, o a las que les decía que era agente de modelos y tenían mucho futuro en Europa.

–          ¿Trata de blancas?

–          Esas chicas, dijo la madre, no tenían ni idea de dónde se metían. Eran inocentes, crédulas y habían oído maravillas sobre la vida que se llevaba en los países adonde ella les prometía ir. Una vez llegaban a sus destinos les hacían cosas terribles, las drogaban, golpeaban y les obligaban a ejercer la prostitución.

La madre se puso a llorar y el padre, cogiéndola en brazos le pidió que le excusara. Eduardo se quedó allí solo intentando aplacar la tormenta en la que se encontraba sumida su alma. Tenía la sensación de que el suelo se iba a abrir bajo sus pies y el mundo entero iba a derrumbarse a su alrededor. Se dejó caer en un sillón y dejó pasar el tiempo sin la menor idea de que era mejor si irse de allí inmediatamente e intentar olvidarlo todo o quedarse y averiguar el resto, pero, ¿qué más podía haber?

 

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3 Responses to "Amores bastardos – Capítulo 15"

  1. Werneriano  Agosto 23, 2012 at 4:51 pm

    Lista completa de los capítulos publicados hasta ahora + otros artículos
    http://polskaviva.com/category/la-warsovia-werneriana/page/2/

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  2. Nat  Agosto 24, 2012 at 1:11 pm

    El capítulo 15 es igual que el capítulo 5.

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    • Werneriano  Agosto 24, 2012 at 1:16 pm

      Parece que el administrador ha tenido un desliz. Muchas gracias por la apreciacion. Arreglado

      Responder

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