Amores bastardos – Capítulo 16

Magdalena acababa de levantarse. En el salón Irina le daba el almuerzo a Sara. Desnuda como estaba salió de la habitación y se dirigió al cuarto de baño pasando al lado de su hija, sin decir nada, como de costumbre por las mañanas. Tenía una resaca tremenda. Se daba cuenta de que estaba destruyendo su vida pero tantas cosas habían salido de forma diferente a como había esperado que, poco le importaba ya. Se sentía hundida en una especie de ciega desesperación, un sentimiento hosco que conocía muy bien y que, en momentos claves de su vida, le había empujado por los derroteros más escabrosos, siempre a un paso de caer en la locura o de ser aniquilada, pero desafiando a los dos destinos con la habilidad de una equilibrista del trastorno bipolar.

Después de ducharse y comer se sintió como nueva, despidió a Irina hasta la noche y justo cuando se hubo ido sonó el teléfono.

Sus padres se habían equivocado. Marina siempre se sintió fascinada por su hermana mayor y Magdalena la quería con el cariño de alguien que sabe que esa persona es la única que le puede asegurar no estar nunca sola en el mundo. Cuando se fue de Vladivostok no fue solo para estudiar en una buena universidad. Sabía muy bien que era cuestión de tiempo volver a sumirse en una de aquellas depresiones de las que sólo sabía salir viviendo como un kamikaze sin objetivo. Alejarse de su hermana fue la mejor manera de protegerla.

Pero la hermana pequeña, a pesar del horror que le causaba el abominable tipo de vida de Magdalena se sentía atraída hacia ella con el magnetismo con el que el fuego atrae a la polilla.

Ella era tan buena, tan inteligente. Parecía haber nacido para cumplir con todas las expectativas que su hermana había echado por tierra, pero lo que, de verdad añoraba, sin tener valor para conseguirlo, era la libertad absoluta, la que sólo se puede tener cuando se sabe que para todos sería mejor que no se existiese y, aún más, que no se hubiera nacido nunca. A una persona así ya no le queda nada por perder y, llegado a ese extremo de vileza nadie le pide cuentas por nimios errores o faltas.

Magdalena representaba muchas cosas que a Marina le hubiera gustado ser y ella, a su vez, representaba para Magdalena muchas cosas que ella ya no podría ser jamás.

A pesar de la prohibición de los parientes las hermanas siempre encontraron la manera de mantener el contacto. Por eso no pudo creer que se hubiera casado, cuando se lo dijo.

La sorprendente aparición de Eduardo, en su casa, anunciando ser el marido de su hermana, sin avisar de antemano, le causó una gran impresión, al igual que a sus padres.

Pensó que aquel quizás fuera la clase de hombre que ella necesitaba. Antes de conocerle creía que al casarse había sucumbido a la misma vulgar normalidad a la que ella estaba destinada, pero alguien que era capaz de viajar desde tan lejos, apenas hablando ruso y presentarse, sin más, ante sus padres, exigiendo respuestas, no pertenecía a la masa informe de hombres y mujeres que nacen, viven y mueren sin pena ni gloria, manipulados por los poderosos y llevados de aquí para allá, sin oponer resistencia, por la voluntad de quienes les hacen creer que sus opiniones, son realmente suyas. Ese hombre tomaba las decisiones por instinto, sin importarle cómo pensaran los demás y pertenecía, claramente, a la clase de los que crean las reglas, esas mismas que unos hacen todo lo posible por respetar  y otros rompen cuando pueden.

Pero la solidaridad entre hermanas era lo primero, por eso decidió marcar el número de Valencia y contarle a Magdalena la visita de su marido y todo lo que pudo escuchar, con el oído pegado a la puerta, de la conversación con sus padres.

Cuando Magdalena colgó el teléfono se sentía mucho mejor. El sentimiento hosco de desesperación había desaparecido y en su lugar, una furia salvaje la quemaba por dentro como un fuego sobrenatural, como el ardor frío de un deseo mucho más poderoso que el del sexo.

Vladivostok

Otra mañana, otro día nublado en el puerto. Los cañones de los buques de guerra apuntaban hacia un lejano, inmóvil enemigo.

El mar, desde la habitación del hotel, parecía una masa de agua sucia y fría, incapaz de albergar vida. Si un hombre caía en aquella ciénaga de agua, salitre y gasóleo, sus músculos quedaban paralizados en cuatro minutos, tras los cuales, sus esperanzas de sobrevivir por si mismo eran nulas. Sin embargo, había comenzado a gustarle el ir y venir de aquellos barcos de pesca que parecían estar allí para traer esperanza, para demostrar  que, más allá del puerto, el mar prácticamente ebullía de vida.

Debía esperar aún tres días para el viaje de vuelta y no había hecho planes para pasar el tiempo en el caso de no seguir encontrándose con la familia de Magda. Precisamente, tal y cómo se acabó el encuentro del día anterior, era imposible predecir si iban a querer verle de nuevo o no. Antes de irse le dio al padre la dirección donde se alojaba, el teléfono del hotel y la instrucción de que contactaran con él si decidían seguir hablando. Dependía, claro estaba, de que hubiera alguna posibilidad de que perdonaran a Magda.

Si era capaz de conseguir que la volvieran a aceptar en la familia, también sería posible recuperar definitivamente a su mujer.

Pensó en visitar la ciudad volviendo, de vez en cuando, al hotel para ver si había noticias. De todas formas no era mucho lo que se podía visitar, aparte del puerto.

Vladivostok es una pequeña península, casi una isla. La ciudad alberga unas cuatrocientas mil personas. Debería verse el mar desde cualquier punto pero, a medida que caminaba, colina arriba, colina abajo y, de nuevo arriba, se daba cuenta de que siempre había edificios construidos en colinas más altas que no le dejaban ver nada más que ciudad.

La mayoría de gente trabajaba en el puerto y quienes no, probablemente, dependían tanto o más de él.

La arquitectura estaba dominada por el duro y austero estilo soviético de los alojamientos para los trabajadores y por imponentes edificios públicos cuya función principal parecía ser hacerle a uno sentirse pequeño e insignificante ante el estado.

Volvió un par de veces al hotel pero en recepción no tenían ningún recado. Por la tarde decidió ir al museo naval. Le había llamado la atención en un paseo anterior la visión de un submarino verde en su mitad inferior y gris por arriba, como estacionado en un soporte de cemento, ante una valla de acero.

Después de un rato viendo cañones, descomunales motores diesel y tanques anfibios, salió de allí  hacia la plaza.

En el centro de la plaza  había una especie de prisma de cemento armado, como un obelisco recortado, sobre el cual se erguía la estatua negra de un imponente marinero. El hombre sostenía una bandera hecha con metal barnizado del mismo color. Rodeando el pedestal, unas escalinatas hacían de asiento a un grupo de chicos que parecían estar esperando que ocurriera cualquier cosa, lo que fuera con tal de dejar de aburrirse.

Eduardo se acercó, para ver la inscripcción tallada en una de las caras del pedestal pero no llegó. El grupo entero, al verle, se dirigió hacia él, cortándole el paso y rodeándolo.

El más alto y fornido de los cinco se situó justo delante y le preguntó:

-¿De dónde eres?, No te habíamos visto antes por aquí y no tienes aspecto de pescador

-Soy polaco, estoy en Vladivostok por cuestiones de negocios.

-Vaaayaaa, un hombre de negocios, y con ese abrigo de pieles, pues a mí me sentaría mejor, ¿no crees?

El chico comenzó a sujetar el borde del abrigo y a tirar de él como si quisiera sacárselo.

-¿Cónoceis a la familia Petrov?, es con ellos con quienes tengo negocios.

-Eh, Stoli, ¿los conoces tú?

Contestó un chico bajito con el pelo cortado al raso, delgano pero de ese tipo que parece como si tuvieran maojos de tendones en vez de músculos.

-No sé Smirnoff, es un apellido muy corriente

-Viven en la calle Artem Bikeev,

-Ahh, vaya, dijeron Smirnoff y Stoli, mientras los otros tres observaban la escena con creciente curiosidad. Esos Petrov.

Eduardo tenía la esperanza de que reconocieran los contactos con la mafia de su mujer y, quién sabía, si de la familia entera.

-Exacto. Mañana tenía previsto reunirme con ellos.

– Eh, Stoli, Saca la botella, este tipo es un amigo de los Petrov.

-Si, dijo Stoli sacando abriendo su gabardina y sacando de ella una botella de Stolichnaya, Zyr, pasanos unos vasos.

-Un gordo grasiento, lleno de tatuajes abrió una bolsa de viaje de plástico, de la que sacó unos vasos sucios y los repartió entre todos.

-¿Sabes?, le dijo Zyr cuando le entregó su vaso. Mi abuelo murió luchando contra los polacos.

-Sería contra los alemanes.

-No, antes, en la guerra contra Polonia.

-Quizás fuera culpa del viaje. De Vladivostok a Minsk hay una distancia como para llegar muerto.

Todos se rieron a mandíbula batiente. Pero no era una risa alegre. Era un estertor de salvajismo, una expresión de alegría violenta. Aquello podía terminar muy mal.

-Eh, Zyr, dijo Smirnoff, debes reconocer que el tipo tiene sentido del humor. Eso se merece un brindis.

Echaron a andar, parando de vez en cuando para brindar por cualquier tontería. Cuando se acabó la primera botella, Zyr sacó otra de su bolsa de viaje y siguieron brindando. No había manera de quitárselos de encima. Lo único que cabía esperar era poder escapar de aquella compañía cuando estuvierna bien borrachos.

Adnaban, y andaban, paraban para beber y seguían andando. Cada vez tenía más claro que ninguno de ellos iba a caer borracho antes que él.

Apoyándose en Zyr, llegaron al puerto. Allí el grupo se detuvo al borde del mar.

-Hemos llegado, amigo español, dijo Smirnoff.

Eduardo sintió como la adrenalina sustituía al alcohol en su sangre. Los brazos que lo habían ayudado a caminar le habían hecho sentir como si volase en una nube de vapores etílicos. De repente esos brazos le sujetaban con fuera y sentía el vértigo de la caida vertiginosa hacia una realidad amenazante.  Ya sobrio, balbuceó una pregunta:

-¿Cómo sabéis…

No terminó de decirlo, le interrumpió Stoli cogiéndolo de las solapas del abrigo y lanzándolo de un formidable empujón al agua mientras decía

-¡Saludos a los peces!

Todo estaba oscuro, el frío le mordía la piel con tenacidad, no tenía ni idea de dónde podía estar la superficie del agua, ni de cuan profundo se encontraba. Sólo sabía que en unos minutos perdería el conocimiento y moriría.

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One Response to "Amores bastardos – Capítulo 16"

  1. Dan  Septiembre 12, 2012 at 1:16 pm

    Tal vez nuevos amigos?

    Responder

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