Amores bastardos – Capítulo 18

Al llegar al hotel el encargado de recepción se sorprendió de verle en aquel estado.

–       ¿Qué le ha sucedido?, ¿Dónde ha dejado su precioso abrigo?

–       He tenido una noche algo movida. Quisiera pagar mi cuenta. ¿Tiene idea de la hora a la que abren el aeropuerto?.

–       Claro, a las cinco y media.

–       Bueno, son las cinco, ¿podría llamar a un taxi para las seis?

–       Si claro, ¿no va a aprovechar su reserva?, le quedan aún dos días.

–       No, me voy.

–       Por cierto el señor Petrov estuvo aquí anoche, preguntó por usted.

Para Eduardo no cabía la menor duda. El padre de Magda había ido al hotel para asegurarse de que sus sicarios habían cumplido la misión de eliminarle. No iba a perder ni un minuto más en aquella ciudad. Se largaba en el próximo avión para Varsovia. Tal y como se habían puesto las cosas tenía que tomar medidas extremas, y para ello necesitaba consultar a un viejo amigo.

A 9 600 kilómetros de allí dos mujeres que él conocía muy bien, entablaban una conversación trágica.

–       No te lo voy a preguntar otra vez, dijo Magdalena.

Estaba sentada a horcajadas sobre la maniatada Irina. De todas formas, apenas podía moverse con las piernas rotas y el dolor de sus múltiples heridas.

–       Está bien. Lo hice porque le quería, eso ya lo sabes. Y también porque necesitaba librarme de ti. Quería ser libre, al fin.

–       Eso es lo que más me duele, ¿sabes, cariño? Que te quisieras librar de mi. Con todo lo que yo he hecho por ti.

–       Me has usado, como a las otras. Eso es todo.

–       Te he dado mi amor, te he añorado, te libré de los peores trabajos, de las violaciones por las que pasan todas cuando empiezan. Te di la oportunidad de estudiar y, ¿cómo me lo pagas?, intentando dejarme, además de pretender levarte a mi marido y a mi hija. ¿No te sobra un poco de ambición?

–       Si, lo siento, por favor, perdóname, o mejor mátame ya de una vez.

–       ¿Por qué? Todavía me puedes servir de mucho.

–       No sé cómo. Con todas las cicatrices que me van a quedar no habrá quién quiera verme desnuda.

–       Pero, si te he dejado la cara intacta.

–       Me duele todo. Si me dejas vivir seré un monstruo. Al menos podrás estar tranquila, tu marido no se acercará a mí. No soportará ni mirarme.

–       Eso es verdad, cariño, pero no por lo que tu crees. Ahora mismo Eduardo está dando de comer a los peces del mar de Japón. Pero, si te sirve de consuelo, di instrucciones de que lo trataran bien antes de ahogarlo.

–       ¡Eres una harpía!, ¡una horrible medusa! Destruyes todo lo que tocas. Eres lo más odioso que existe sobre la faz de la tierra.

–       No te pases, o les ordeno a los chicos que te envíen a ti también a dar de comer a los peces.

–       ¡Hazlo!, con lo que me has hecho igual iba a ser un despojo. Si salgo de aquí no podré aparecer en ningún ligar sin causar horror.

–       No te quejes, lo de la cara se cura y lo del cuerpo es cuestión de enfocarlo hacia la clientela adecuada, de todas formas no quiero que te separes de mí. Serás la niñera de Sara.

–       ¡ESTAS LOCA!, ¡no puedes hablar en serio!, ¿de verdad te crees que cuidaría a tu hija para que hagas de ella otra zorra bastarda como tú?

–       NO ME DIGAS QUE ESTOY LOCAAAAA

Magdalena empuñó con fuerza la navaja con la que había estado jugueteando y se lanzó a asestar tajos sobre aquella tierna carne mientras gritaba, totalmente ida.

 

Varsovia

Sentados, a ambos lados de una mesa, en la que los restos de la cena habían sido apartados a un lado, dejando tan sólo una botella de vodka, una de jarabe de frambuesa y otra de tabasco, Marcin y Eduardo competían por ver quién se bebía el perro rabioso más fuerte.

El perro rabioso es una bebida servida en vasitos para chupito en la que se vierten tres cuartos de vodka, después con cuidado se decanta jugo de frambuesa para que se deposite en el fondo y, por último, se dejan caer, entre dos y tres gotas de tabasco que se quedarán en el vodka. La fuerza del perro rabioso depende, entonces, de cuantas gotas de tabasco lleve.

Al beberlo uno siente primero el ardor en la garganta típico del alcohol, después la quemazón del tabasco para terminar con una dulce sensación de alivio.

Cuando llevaban bebida más de media botella y andaban por las seis gotas de tabasco Eduardo se atrevió a decir lo que le llevaba allí.

–       Te he mentido, Marcin, cuando te he dicho que todo va bien.

–       Pero si va bien, los transportes están llegando aquí en perfecto estado, nunca habíamos vendido con tanto margen de beneficio naranjas de tanta calidad. Nos estamos haciendo con el mercado.

–       Sabes que es sólo cuestión de tiempo que nos salgan competidores. Pero no, no me refiero a los negocios.

–       ¿Magdalena?

–       Si, Magda. Está perdiendo la cabeza, creo que puede ser peligrosa, para mí y para Sara.

–       Joder Eduardo, si hubiésemos sabido en lo que te estábamos metiendo cuando te la trajimos enrollada en una alfombra. Mira que le he dado vueltas a la cabeza.

–       ¿Qué quieres decir?, ¿sabías qué clase de mujer es Magda?

–       Hombre, una puta, no es que sea la mujer que uno desearía para su mejor amigo. Si alguien se mete en ese trabajo debe importarle mucho más el dinero que el aprecio de su familia. No dudo que las haya que pueden ser una mujer ideal pero, necesitaba averiguar si era posible. Si ella, de verdad, era una de esas.

–       Y, ¿qué hiciste?, ¿te fuiste al burdel a preguntar?

–       Ni hablar. Me fui a un bar donde se emborrachan a menudo mis camioneros cuando vuelven de un viaje y les hice a varios de ellos  una oferta que no podrían rechazar. Les propuse ir gratis, acostarse cada uno con una y hacerles a todas una sola pregunta. Si sabían algo sobre Magdalena Petrova. Pensaba enviar tres pero me salieron tantos voluntarios que les fui llevando a un ritmo de uno por semana. Hasta doce llegué a enviar.

–       Y ¿descubriste algo?

–       Que venía de una familia adinerada, de algún lugar de Rusia cercano a Asia, y que había estado trabajando para una red de prostitución en España como captadora. Por lo visto algunas de las chicas habían sido forzadas a ejercer la prostitución y la policía se enteró, cuando hicieron una redada ella fue de los pocos que se escaparon y se refugió en el burdel que conoces, con la intención de volver a su anterior trabajo en cuanto se calmaran un poco las cosas.

–       ¿Y no me podrías haber dicho eso antes de que me casara con ella?

–       Tenía que asegurarme de que lo que decían era cierto. Para cuando sabía aquello estabas tan encoñado que jamás hubieses querido escucharme sin tener pruebas de lo que decía.

–       Y, ¿las reuniste?

–       Sí, claro. Pero me costó mi tiempo y, para cuando las tenía, ella ya estaba embarazada. No me quedaba más remedio que desear que, de verdad, hubiese cambiado tanto como parecía.

–       Pues no lo ha hecho, y ahora necesito tu ayuda.

–       Puedes confiar en mí. Haré lo que haga falta.

 

Antes de volver a Valencia, llamó por teléfono a casa. Magdalena apenas pudo contener su sorpresa.

–       ¿Eres tú?

–       Sí, claro, ¿conoces a alguien con mi misma voz?

–       No, no, no es eso.

–       Estás un poco rara. Ni me dices que te alegras de que te llame, ni me preguntas cómo me ha ido.

–       Has estado sin llamarme tres días. Eres tú quién se ha portado como un cretino

–       ¡Pero Magda!, estaba ocupado con un montón de reuniones y no tuve tiempo para llamarte.

–       Pensaba que no volverías conmigo, dijo Magdalena sollozando. Creí que te habías cansado de mi.

Vale, lo siento. Ahora mismo me voy a aeropuerto y compro el primer billete para Valencia.

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