Amores bastardos – Capítulo 17

–          ¿Podrías ir hoy a una fiesta?

–          ¿Qué tipo de fiesta?

–          Ya sabes, una de esas que se montan en el yate de Fifiolo.

–          Por favor, me dijiste que no tendría que volver a hacerlo.

–          Sólo una vez. La última.

–          Me dijiste eso mismo de Eduardo. Si me acostaba con él no tendría que volver a venderme.

–           Claro, claro, pero eso no ha sido, precisamente un trabajo duro para tí, ¿verdad?

–          No tienes derecho a hablarme así. Eres tú la que me ha obligado a hacerlo. Tenía un trabajo estable y una vida nueva desde que cayó la red de Barcelona. Luego tu te fuiste y quedé libre para vivir mi vida.

–          Te quedaba aún una deuda conmigo, y lo sabes.

–          He hecho lo que me pediste. Me dijiste que sería libre de vivir mi vida, que no te debería ya nada.

–          Lo sé, lo sé. Cariño, sólo una vez más y no volveré a pedirte nada, por lo menos nada que no te apetezca darme.

Magdalena se acercó a Irina, la acarició en la mejilla y poniéndole la mano detrás de la nuca empujó suave pero fírmemente su cabeza para acercársela a los labios. Por primera vez, sin embargo, encontró resistencia. Irina no quería corresponder al beso.

–          Eso ya no te va a servir nunca más.

–          ¿Tanto te ha gustado lo que Eduardo te ha dado? No me extraña, por algo me casé con él.

–          Magda, hubo un tiempo en el que no había nada en el mundo que me importase aparte de ti. Pero tú me hiciste perder la cabeza, me ilusionaste y me  hiciste dejarlo todo, familia, aspiraciones, estudios, todo, para seguirte y convertirme en algo que nunca había deseado ser.

–          Ya lo he hablado todo con Fifiolo y sabes que no puedo echarme atrás.

–          ¿No tienes a otra que pueda ir en mi lugar?

–          Nadie como tú. Fifiolo y sus amigos son gente de mucho standing y con un perfil así eres la única que podría ir.

–          Tú también te ajustarías bien a ese perfil.

–          Yo no soy una puta.

Fue como un golpe al estómago. Irina bajó la mirada, humillada y furiosa. Murmurando entre dientes dijo:

–          Vale. La última vez.

–          Así será

Unas horas después, Irina descendía de aquel mismo todoterreno en el que Eduardo había visto subir a su mujer y recorría los metros que le separaban del yate, un lujoso DeFever blanco.

Llevaba un vestido negro de lycra, largo hasta las rodillas, con los costados recorridos por una ancha banda de encaje transparente. Los bucles de su larga melena parecían jugar sobre la espalda desnuda mientras subía, ante la ávida mirada del chófer, que la seguía a tan sólo unos pasos por la pasarela del yate.

Conocía bien aquella embarcación. Tenía 72 pies de eslora y en su cubierta cabían holgadamente unas quince personas y eso estando ocupada, en su mayor parte, por una enorme sala de estar con sillones de piel, muebles de caoba y una pantalla para proyecciones de cine. Sobre el techo de la sala de estar se encontraba el puente de mando y una terraza en la que se había bronceado ociosamente tras más de una orgía.

Esta vez, sin embargo, no daba la impresión de estar preparándose ninguna fiesta. Reinaba una quietud inusual.

 

 

Vladivostok

 

Una cara surcada por innumerables arrugas le miraba sonriente, le faltaban la mitad de los dientes y los que tenía eran casi todos de oro.

Parecía un anciano centenario pero algo le decía que, en realidad, era mucho más joven.

–          ¿Quién te ha hecho esos dientes tan bonitos?

–          Estos, dijo Eduardo señalándose la boca. La abría tanto como podía no por afán de mostrarlos sino para poder atrapar un aire que no parecía querer entrar en sus pulmones

–          Si, esos

–          Míos

–          ¿En serio? Pues ¿cuántos años tienes?

–          Tre, tre, trenta y cu, cu atro

Estaba aterido de frio, a pesar de estar envuelto en dos mantas

–          No lo diría nunca, pareces un colegial. Yo sólo tengo quince más que tu pero parezco muchísimo mayor. Es lo que tiene la vida en la mar. Desgasta mucho pero no la cambiaría por nada.

–          ¿Qué hago aquí?

–          Te he pescado

El marinero se rió de buena gana un largo minuto, hasta calmarse, Eduardo le preguntó entonces:

–          ¿Me has sacado tú del agua?

–          Si, con la red. Cómo a un bacalao del ártico. No me hubiera tirado en la vida a esa agua para recogerte.

–          Yo tampoco, la verdad.

–          Claro, estabas paseando, te resbalaste y te caíste al mar, ¿no? Mira no eres el primero que intenta suicidarse aquí. La mayoría lo consiguen. Yo mismo te hubiese dejado morir pero pensé ¡Qué diablos!, mis dos ayudantes están de juerga, y yo aquí sólo aburriéndome, voy a sacar a ese desgraciado para tener alguien con quién hablar.

–          No estaba intentando suicidarme, unos gamberros me obligaron a beber con ellos y me echaron al agua.

–          La juventud está cada vez peor, ven siéntate aquí.

El marinero desplegó una silla ante la mesita playera que ocupaba el centro de la cubierta. El suelo estaba lleno de cuerdas, redes plegadas y objetos metálicos pintados con esa gruesa capa de pintura blanca que es lo único que resiste la feroz corrosión del salitre. Sacó una botella de un líquido amarillento y dos vasitos y lo puso todo encima de la mesa.

–          Creo que ya he bebido demasiado, dijo Eduardo.

–          Esto te hará bien, es pigvuvka, te quitará la resaca.

–          Mmm, licor de membrillo…Bueno, pero sólo un vaso.

–          Claro, claro. Empecemos, ¡Nasdrovia!

–          ¡Nasdrovia!

Eduardo no fue durmiéndose poco a poco. Aquella bebida parecía obrar el milagro de convertir en unas suaves y acogedoras mantas las mismas que unos minutos antes le habían parecido tan ásperas y frías. Mientras la modorra se apoderaba de él, el marinero le contaba sus aventuras y desventuras con los diferentes capitanes, grumetes, oficiales y suboficiales con quienes había trabajado por los siete mares.

El viejo le despertó zarandeándole. Eduardo se levantó del camastro dónde había estado durmiendo. En el camarote había otros tres como aquel. Por el redondo ventanuco no se veía luz del día

–          ¿Qué hora es?

–          Las cuatro, dentro de un rato vienen mis ayudantes y tienes que irte porque zarpamos a alta mar.

Eduardo sacó de su bolsillo la cartera. En ella tenía un fajo de dólares, cogió la mitad y se lo extendió.

–          Quisiera agradecerle lo que ha hecho por mí.

–          Guárdate eso, dijo el marinero muy ofendido.

Desconcertado y con la frustración de no sólo no haber podido agradecer al viejo que le salvara la vida, sino, mucho peor,  de haberle insultado caminaba alejándose del barco cuando vio algo muy inusual pero que le venía como anillo al dedo. En la planta baja de uno de aquellos edificios que rodeaban al puerto había una tienda, y estaba abierta. Era una tienda de licores.

Entró y preguntó:

–          Cuál es el mejor vodka que tienen aquí.

–          Tenemos Zyr, es buenísimo.

–          No, no, no. Ese no, otro.

–          ¿Seguro?, de verdad es estupendo.

–          No lo dudo, pero no quiero ese, me trae malos recuerdos.

–          Entonces Beluga, es de primera, nos queda una caja.

–          Pues la compro.

–          ¿Toda? Es bastante caro

–          Toda

Le costó un poco más de lo que había ofrecido al marinero pero pensó que no se ofendería por ello. Cogió la caja, se la cargó al hombro y se dirigió al barco.

Cuando llegó, los dos ayudantes estaban ya recogiendo los cabos que minutos antes habían desatado de las amarras.

–          ¡Esperad, esperad!, gritó lanzándose a correr hacia el barco.

El viejo marinero salió de algún lugar bajo la cubierta y saltó a tierra firme. Allí se encontraron frente a frente.

–          De verdad, no pienso dejar que te vayas sin agradecerte lo que has hecho por mi. Por favor acepta este regalo.

El hombre cogió la caja, la miró como quién mira un cofre lleno de doblones de oro y, tras dársela a uno de sus estupefactos ayudantes, abrazó a Eduardo y rompió a llorar.

Le costó mucho deshacerse del viejo. No hacía más que repetir a gritos cuánto se alegraba de haberle encontrado, que nunca más dejaría morir a ningún suicida, que cada trago brindaría por él todo el resto de sus días y muchas más cosas igual de absurdas o más.

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One Response to "Amores bastardos – Capítulo 17"

  1. Werner  Septiembre 7, 2012 at 5:48 pm

    Lista completa de los capítulos publicados hasta ahora + otros artículos
    http://polskaviva.com/category/la-warsovia-werneriana/page/2/

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