Amores bastardos – Capítulo 2

Una llamarada recorrió sus entrañas. El deseo de poseerla, de hacer suya a la dueña de aquellos ojos incendiarios, de aquel cuerpo felino, era sobrecogedor. Entonces volvió a oír la frase “Ya te lo había dicho” y supo que estaba atrapado. Si ella se le acercaba él haría todo lo que le pidiera.

La chica del pelo negro recogió el sujetador que había tirado al suelo y se bajó por una escalerilla al otro extremo de la barra. Por un momento dejó de verla. Sintió como si le hubieran dejado entrever el paraíso a través de una puerta semiabierta para, de pronto cerrársela en las narices. Pero no tardó mucho en volver a aparecer.

Eduardo supuso que ella se habría cambiado en alguna sala contigua a la principal porque llevaba un vestido negro de látex. Vio como se acercaba desde lejos esquivando a los sobones que se levantaban de sus camas para pedirle que hiciera el amor con ellos. Se movía con tal gracia que los hombres no llegaban ni siquiera a tocarla, los evitaba de tal manera que parecía repelerlos como un imán repele a otro del mismo signo. Se dirigía directamente a él y lo hacía sin dejar de mirarle ni por un instante. A medida que se acercaba, sentía como la intensidad del deseo se hacía insoportable. Tenía también miedo, miedo, en parte a no ser capaz de articular palabra, pero más un temor punzante como el que se siente al poner los pies en el borde de un precipicio y mirar hacia abajo. Ella estaba allí en el fondo, estirándole con más fuerza a medida que se acercaba. Y él iba a caer.

La chica llegó y se sentó a su lado en la barra. Al hacerlo dejó de mirarle, como si ya no le interesara y pidió un champán.   Eduardo conocía el juego. Estaba conminándole a que la sedujera.

Puede parecer absurdo que una prostituta requiera que la seduzcan en un burdel, pero Eduardo estaba demasiado anonadado como para planteárselo. Era algo que sabía hacer tan bien como aquellos que dicen que serían capaces de hacer algo hasta con los ojos cerrados. Incluso cegado por el deseo sabía lo que tenía que hacer.

–         Si no te importa te invito yo, le dijo.

–         Ni mucho menos, contestó ella mostrándole aquella deslumbrante sonrisa.

Eduardo llamó al camarero que, había permanecido de pie ante ella tras servirla.  El hombre ya había previsto la contingencia y, de todas formas no tenía ningún cliente más así que rápidamente sacó una copa y le sirvió champán.

–         Pensaba que eres español. Te he oído hablar con ese señor a tu lado.

–         Y, ¿entendías lo que decíamos?.

–         Sólo un poco. Yo hablo pequeño español.

Eduardo se rió cariñosamente.

–         Encantado te daría clases de perfeccionamiento.

–         Seguro que serías un buen maestro, le dijo devolviéndole la sonrisa.

Increíblemente se quedó sin palabras. No se le ocurría que decirle. De pronto, de todo su repertorio mil veces ensayado y otras tantas corregido con la práctica, no podía encontrar ni una sola frase que no sonase estúpida, artificial, pretenciosa o patética. Su mirada le tenía clavado. Sentada en el taburete giratorio de cuero rojo había dirigido sus piernas cruzadas hacia él, de manera que casi podía tocar sus rodillas sin extender las manos, que tenía con las palmas juntas y los dedos apuntando a sus muslos. ¿Era eso lo que ella quería que hiciese?. Después de todo estaban en un burdel, pero ella había comenzado el juego de la seducción, si lo hacía rompería las reglas y quizás se acabaría todo.

Fue ella la que encontró la salida al impasse. Se inclinó hacia él y le preguntó:

–         Antes de venir me dijeron que necesitaban chicas que hablaran algo de español, por eso estoy aquí, pero no nos dijeron a que os dedicáis.¿Qué es lo que haces?

–         Soy el director de una empresa hispano polaca de importación de frutas y verduras.

Lo dicho era una mentira pero era mucho más fácil que explicar su función de mediador entre dos grupos de empresarios de diferentes nacionalidades e impresionaba más.

–         Debes de viajar mucho, entonces.

–         Si, dijo sintiéndose un poco más relajado, pero me encanta estar a caballo entre dos culturas tan diferentes como la polaca y la española.

–         Te comprendo muy bien. Yo misma estoy a caballo entre Ucrania y Polonia.

–         Y un poco España, sino no habrías estudiado español.

Ella se rió de buena gana. Al hacerlo giró rozándole las manos con sus rodillas.

–         El porque de que hable español es una historia muy larga.

–         ¿no podrías hacer un resumen?.

–         ¡Uy!, no, de ninguna manera, y aunque pudiese seguro que te aburriría, no es para nada interesante.

–         Bueno, pues..

–         Me encantaría viajar a España. Nunca he estado, pero he oído mucho hablar de Ibiza, Lloret de Mar, Mallorca.

–         Eso son zonas turísticas, no España.

–         Pero están en España, ¿no?.

–         Si, pero si lo que quieres es tomar el sol da igual ir a Ibiza que a Creta o Sicilia. Las playas, los hoteles y los restaurantes son iguales.

–         Seguro que tu podrías enseñarme lugares más interesantes, ¿a que sí?.

–         Ni lo dudes.

–         ¿Porqué no me tocas un poco?. No muerdo.

Eduardo puso sus manos sobre sus muslos. La sensación era deliciosa. Ella estaba inclinada hacia él así que para besarla sólo necesitaba girar un poco su cara. Cuando lo hizo ella se apartó.

–         Nada de besos.

Eduardo se sintió contrariado. Sabía que a las prostitutas no les gusta que las besen en la boca pero, en su atolondramiento se le había olvidado con quién estaba hablando.

–         Perdón, dijo él.

–         No, hombre, no te preocupes, dijo con dulzura. Nada de besos en público. Vamos a un lugar privado y más tranquilo. Aquí hay mucho jaleo.

Miró a su alrededor. Siguiendo sus instrucciones los grupos de polacos y españoles estaban mezclándose arrastrados por las chicas que jugaban con ellos a compartirse e intercambiarse. Lo que no comprendía mientras seguía hipnotizado los pasos de aquellas piernas increíblemente largas y bien proporcionadas, era como podía romper ella la orden que él mismo dio al gerente de aquel club de que nadie supiera que había dormitorios tras las cortinas que, oportunamente, se habían colocado disimulando las puertas. Acaso ella sabía quién era él desde el principio. Quizás se la habían enviado en agradecimiento. Las dudas se rompieron cuando, a pocos pasos de la cortina roja apareció un alto y fornido albino con pinta de hacer halterofilia tres horas al día y de no haberle crecido jamás ni una brizna de pelo sobre el cráneo.

–         ¿A dónde van?, dijo bloqueándoles el paso.

–         Está bien. Soy Eduardo Nowak. El organizador de esta fiesta, déjenos pasar.

–         Un momento.

El gigante acercó su boca a la solapa, dijo algo en ruso y esperó unos segundos sin dirigirles la mirada ni cambiar de posición.

–         De acuerdo, adelante, dijo apartándose de su camino.

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4 Responses to "Amores bastardos – Capítulo 2"

  1. Dan  Mayo 25, 2012 at 9:46 pm

    Esta acción se desarrolla emocionante! ‘Una llamarada recorrió sus entrañas’… Hermoso…

    Responder
  2. Werneriano  Mayo 25, 2012 at 10:31 pm

    Es sólo el principio…

    Responder
  3. Paco  Mayo 26, 2012 at 2:54 pm

    Bonita historia y buena prosa. ¡Felicidades, Juan! Espero el tercer capítulo con ganas.

    Paco

    Responder
  4. Pingback: Amores Bastardos - Capítulo 7

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