Amores bastardos – Capítulo 20

A las cinco le llamó el viejo desde el hospital 9 de octubre pidiéndole que se presentara allí cuanto antes.

–       ¿Es Irina?

–       No lo sé, francamente, es difícil decirlo. Hemos encontrado a alguien que podría coincidir con la descripción, pero es difícil de decir, se han ensañado con ella.

–       ¿Está muerta?

–       No. Mira, está inconsciente y nos vendría bien que vinieras para confirmar o no si se trata de ella.

–       Ahora mismo estoy allí.

Aparcó en la avenida de Tamarindos, casi al lado del hospital. Ya en el vestíbulo, se encontró con que no lo esperaba nadie. Cuando preguntó a la celadora que atendía en recepción, esta le indicó que había un oficial de la Guardia Civil esperándole, le llevó hasta él y éste le condujo por los pasillos del hospital hasta un ascensor, descendió con él al sótano y siguió moviéndose por más pasillos.

El guardia parecía conocer muy bien aquel laberinto subterráneo. A medida que andaban un pensamiento inquietante iba tomando forma. Allí no había habitaciones, sólo laboratorios y muchas entradas una gran lavandería. Finalmente el oficial abrió una puerta y entraron en una sala grande en cuyo centro, sobre una camilla, estaba el cuerpo inerte de una mujer. Yacía allí desnuda cubierta de cortes y cardenales, con la cara desfigurada. El forense, al ver entrar a Eduardo y al viejo comenzó a explicar cuales eran sus conclusiones.

–       Todo parece indicar que la mantuvieron secuestrada durante días y la estuvieron torturando todo ese tiempo. Tiene heridas que habían comenzado a cicatrizar y otras recientes. Hay hombres capaces de hacer cosas así, auténticos psicópatas que llevan una vida normal y de vez en cuando actúan como los monstruos que, en realidad son, pero este es un caso especial. No parece que sea un hombre el que ha hecho esto.

–       ¿Porqué dice eso?, preguntó el sargento de policía que se encontraba allí.

–       Tiene golpes muy fuertes en los brazos y las piernas pero son las marcas más antiguas. Esos fueron realizados por uno o varios hombres que la estaban incapacitando para huir. Profesionales. El resto de heridas son cortes de navaja. Hechos para causar un daño estético irreparable. Podría tratarse de un amate celoso o despechado, por la furia empleada, pero no hay rastro alguno de violación ni agresión sexual. Toda esa crueldad, la naturaleza desfigurante de las heridas y ni rastro de motivación sexual. Es incompresible.

–       Y, ¿si se tratara de una mujer?, preguntó el viejo.

–       Sería una muy excepcional. Las mujeres no llegan tan lejos en el sadismo.

–       ¿Cómo ha llegado viva hasta el hospital?, preguntó Eduardo.

–       La encontraron tirada en un vertedero de basura. Los que la dejaron allí la dieron por muerta, pero le quedaba aún un hilo de vida, dijo el sargento.

–       Ha muerto mientras venías, concluyó el viejo.

Eduardo se acercó lentamente al cuerpo. No quería creer que fuera ella. No podía ser. Pero a cada paso que daba su certeza crecía. Era igual de alta. Los mismos pechos, la aureola de sus pezones era inconfundible, tan pálida que casi se confundía con la piel que la rodeaba. Las caderas, tan anchas como las de Irene.

–       ¿Puedo verle la espalda?

El forense asintió y entre él y un celador giraron el cadáver. Allí estaba, la marca de nacimiento, justo encima de la nalga izquierda, con forma de estrella de mar.

Las piernas le fallaron, cayó de rodillas ante la camilla. Se quedó allí mirando los destrozos de su cuerpo, sin atreverse a girar la cara y mirar hacia sus facciones demacradas. La cabeza de Irina había quedado ligeramente ladeada, como mirando por encima del borde, mirándole a él, el culpable de que estuviera así, de los suplicios por los que había pasado.

Él le había pedido saber dónde vivía la familia de Magdalena, él le había prometido que no se enteraría y él le había fallado.

–       Tenemos razones para pensar que tu mujer está involucrada pero no imaginamos cuál podría ser el motivo, generalmente un tratamiento así se les reserva a los informantes de la policía pero ella no lo era

–       Magdalena no tiene nada que ver. Estoy seguro

–       Eso no es una buena idea.

–       ¿El qué?

–       Lo que estás haciendo. Defender a tu esposa. Sé muy bien por qué lo haces, lo he sufrido en mis propias carnes y te digo que estás cometiendo un grave error.

–       No estoy defendiendo a nadie. Quiero que se encuentre al culpable de esto y que lo pague bien caro.

–       Mierda, ¡LÁRGATE DE AQUÍ!

El viejo echó a Eduardo a empujones del tanatorio, ante la estupefacción del sargento y los forenses.

Delante del hospital un par de chavales entraban a la fuerza en un Citroen CX Pallas

Mientras los dos jóvenes delincuentes buscaban bajo el mástil de la dirección los cables de encendido, un hombre alto, enjuto, de pelo negro, ralo y pegado al cráneo en una burda imitación del estilo mafioso italiano, observaba de cerca el vestíbulo del hospital. Guardaba una pistola bajo su gabardina, las balas del cargador estaban destinadas a Eduardo Nowak

Eduardo, antes de salir del hospital usó uno de los teléfonos públicos para llamar a casa.

–       Magdalena

–       Si cariño, estás preocupado, tienes una voz muy rara.

–       Estoy en el tanatorio del Nueve de Octubre.

–       Oh Dios mío, ¿Te ha pasado algo?

–       A mí no, pero a alguien que conoces sí

–       Por favor, no seas tan misterioso, dime de una vez que ha pasado

–       Irina, la han matado.

Se hizo un silencio, interrumpido por un sollozo primero y un grito de desolación después.

–       Magda, Magda, tranquilízate, ¿me escuchas?

Un llanto lejano le decía que había soltado el auricular y se había echado en el sofá. No sabía si colgar o no, mientras sujetaba el auricular como un alelado Magdalena volvió a cogerlo del otro lado de la línea.

–       Idiota, siempre se metía en líos. ¿Qué ha sucedido?

–       La policía dice que la han matado como se hace con los informadores.

–       Vuelve a casa cariño, tienes que estar agotado.

–       Estaré allí en media hora.

Cuando Eduardo salía del ascensor Mijeil, se dirigió a toda prisa al Citroën y, pasando a su lado, le dio dos golpes al capó.

Era una señal. El que estaba manipulando los cables se afanó en arrancarlos mientras el otro se llevaba el auricular del anticuado teléfono móvil instalado en el coche.

–       JODER, KURVA MACH, MIERDA, gritó cuando vio en que estado se lo habían dejado

La puerta del coche había quedado abierta dejando al descubierto el destrozo ocasionado por los bandidos.

–       ¡Qué escándalo!. Y yo que creía que en este país se vivía mejor.

–       No sé de dónde es usted pero si allí no pasan esas cosas me voy ahora mismo para allá.

–       De Georgia. Me llamo Mijeil.

–       Y yo Eduardo, no tiene usted un acento muy americano.

–       No de Georgia, USA. De Georgia, Federación Rusa.

–       ¡Aha!, como Stalin.

–       Por desgracia, si.

–       ¿Qué hago yo ahora con este coche? Tengo que volver a casa y no puedo dejarlo así.

–       Tendrá que llevarlo a un taller.

–       No tengo ni idea de dónde puede haber uno.

–       Yo le llevaré. Tengo mi coche aquí cerca.

–       No hombre, gracias, llamaré a un taxi.

–       ¿Y usted cree que el taxista le dirá por dónde hay aquí un taller? No se preocupe. Le ayudo porque igual que le ha pasado a usted me podría haber pasado a mí. Mire ¿ve aquel Ford Escorpio Negro?

–       Es un bonito coche.

–       Entre en él, yo le llevo al taller en diez minutos y ellos le acompañarán hasta aquí con una grúa.

–       Si lo dejo, los que han hecho esto podrían volver, hacer un puente y llevárselo.

–       Abra el capó.

–       ¿Qué?, ¿qué quiere hacer?

–       No se preocupe, usted ábralo.

Eduardo hizo lo que el georgiano le dijo, aquél arrancó el cable conectado a la batería y cerró el capó de nuevo.

–       Eso ni siquiera le va a costar dinero, el cable se empalma de nuevo y arreglado.

–       Está bien, ahora sí que me puedo ir con usted.

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One Response to "Amores bastardos – Capítulo 20"

  1. Werner  Septiembre 27, 2012 at 3:21 pm

    Para seguir la historia desde el prinicipio hacer clic aquí
    http://polskaviva.com/category/la-warsovia-werneriana/page/3/

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