Amores bastardos – Capítulo 9

Durante los siguientes meses la actitud severa y distante de Magdalena hacía imposible intentar, siquiera, mencionar lo ocurrido.

Ambos llevaron por su parte los trámites necesarios para emprender la mudanza.

Eduardo fue a visitar a Francisco que le enseñó varias casas que podían alquilar. Todas estaban increíblemente bien de precio, lo cual, según explicaba se debía los buenos contactos de su padre, un antiguo alto cargo de la Guardia Civil.

Magdalena, también de una forma sorprendente, consiguió hacerse con la nacionalidad Polaca, algo realmente difícil si se tenía en cuenta la horrenda burocracia del país que, normalmente, llevaba a unos por un tortuoso camino de años y a otros a abandonar la idea de conseguir la dichosa ciudadanía.

La severidad fue dejando paso a la altivez y la conformidad. La niña daba sus primeros pasos y los dos se daban cuenta que, pasara lo que pasara, ella era la que menos culpa tenía de todo y necesitaba desesperadamente crecer rodeada de cariño y tranquilidad.

Pocos días antes de la salida, Eduardo había estado lavando al bebé, le había puesto pañales nuevos y el pijamita mientras Magdalena preparaba el biberón.

Se acercó sigilosamente mientras él mecía la cuna, de pie, observando cómo Sara se quedaba dormida.

Abrazándole por la espalda, recostó su cabeza sobre el hombro.

–          Hace mucho tiempo que no me acaricias, ni me dices nada bonito.

–          Lo sé, es por los nervios del viaje.

–          Yo creo que no es eso. No me has perdonado por lo que hice cuando me dijiste que nos íbamos.

–          Tu reacción fue muy exagerada. Nunca te había visto tan furiosa.

Magdalena se aferró a él con más fuerza. Empezó a notar el calor de su cuerpo a través de la camiseta. La niña ya se había dormido y él se aferraba a la barandilla de la cuna con miedo a moverse, por si, al hacerlo, rompía la magia del momento, la magia que obraría el milagro de decirle a qué había venido aquel ataque de furia de meses atrás.

–          Tenía miedo, compréndelo. Hemos creado un pequeño paraíso aquí, lejos de todos, en nuestra casita con jardín, con nuestra pequeña. Y vienes un día y me anuncias que todo esto lo hemos de dejar atrás.

–          No tenemos que dejar atrás nuestro paraíso. Lo podemos llevar con nosotros. Nuestra felicidad no depende de vivir en Jozefów sino de estar juntos los tres.

–          Será difícil que encontremos un lugar donde estar tan solos como aquí, y más en España.

Ella introdujo las manos por debajo de la camisa y fue subiendo despacio hacia su pecho, jugueteando con los pelos que encontraba a su paso. Sobre el hombro de Eduardo comenzó a sentir la humedad de unas lágrimas que se deslizaban hacia el brazo.

También sentía sus pechos acariciándole la espalda. La tentación de volverse y besarla se hacía insoportable pero necesitaba saber más.

–          Nunca me has dicho lo que te pasó allí. Creo que ya va siendo hora de que confíes en mí y me cuentes algunos de tus secretos.

Magdalena aflojó el abrazo, retiró las manos y se alejó.

Él se giró y la vio allí, de pié ante él, con aspecto confuso, como si no supiese que hacer. Se comportaba como si le hubiesen dado una bofetada y no supiese de dónde le había llegado.Eduardo la miró a los ojos y ella contestó.

–          Algún día, quizás, pero no ahora, no tan pronto, necesitaré tiempo para decidirme.

Se dio cuenta de que, en aquel instante podía perderla, si le hacia una pregunta más, ella se iría. El paraíso que habían creado era muy frágil y su existencia dependía de que estuvieran solos en él y de no hacer preguntas sobre el pasado.

Se  le acercó, cogió delicadamente sus mejillas entre las manos y, despacio, como quien entrega un regalo valioso y frágil posó un cálido beso en sus labios.

Hicieron el amor con un deseo furioso. Se agotaron y resarcieron de todos aquellos meses sin tocarse, descansaron uno en brazos del otro compartiendo el calor de sus cuerpos hasta que el llanto de la niña les devolvió a la realidad. Había que darle de comer.

No sabía quién era, en realidad, Magdalena, sólo que era feliz con ella y que si intentaba descubrir su pasado, la felicidad sería destruida.

Los muebles que deseaban llevarse, la vajilla, los libros, las cosas de la niña, y todo lo que quisieron transportar a Valencia fue llevado en los camiones de la empresa que, normalmente, volvían vacíos de Polonia. Era de esperar que un fuerte olor a naranjas impregnase la casa donde fueran a vivir, lo cual hacía la idea de mudarse algo más llevadera.

El día del viaje Magdalena, Magda, como había empezado a llamarla a la manera polaca, estaba sobreexcitada y eufórica, unas veces apática y otras presa de un frenesí irrefrenable. Era evidente que algo le ocurría pero dado el pacto tácito de no hacer preguntas era mejor dejarla en paz.

De la misma manera, tampoco Eduardo, podía comprender cómo, en el momento de entregar el pasaporte en el puesto de control del aeropuerto, en Valencia, Magda se encontraba presa de una agitación que, a duras penas podía disimular.

El guardia civil que comprobó el pasaporte, apenas lo observó unos instantes. Aquella gente sabía cuando no valía la pena buscar signos de falsificación. Pero, si el hombre la hubiera mirado, en vez de estar hablando con su compañera, si se hubiera fijado en ella, tan sólo una vez, hubiera percibido el miedo tan claramente cómo veía que el pasaporte era auténtico. Un policía experimentado como aquel no hubiese tenido la menor duda de que a aquella joven madre, de aspecto inocente, escondía un oscuro secreto y, sin embargo, se limitó a devolver el documento sin dejar de hablar a su compañera.

Al llegar a la sala de espera tuvieron que esperar veinte minutos a que se recuperara de la clara crisis nerviosa que acababa de aguantarse. Tras dejarse caer como un saco inerte sobre uno de los asientos, estuvo un buen rato mirando fijamente hacia la pantalla con los horarios de llegadas, sin decir nada y, pasado el tiempo, una sonrisa de alivio anunció a Eduardo que, todo estaba, de nuevo, en orden.

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3 Responses to "Amores bastardos – Capítulo 9"

  1. Dan  julio 18, 2012 at 7:30 pm

    el paraíso … el infierno … ambos van a hacer la vida imposible

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  2. Werner  julio 18, 2012 at 10:08 pm

    Ahora es cuando el pasado de Magda comienza a revelarse, y es mucho más oscuro de lo que imaginas

    Responder

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