Amores Bastardos – Epílogo

Los  años pasaron sin sobresaltos. La vida que dejó atrás se convirtió en un recuerdo borroso, que sólo de vez en cuando volvía a presentársele en sus pesadillas. A veces sufría repentinos y sobrecogedores momentos de pánico en los que sentía que todo iba a derruirse a su alrededor. Algo en su conciencia le decía que la seguridad de su vida familiar era sólo una ilusión, un castillo de naipes a punto de colapsar.

Se había tomado muchas molestias en ocultar su pasado. Marcin le había sido de gran ayuda y no había pedido nada a cambio, sólo que gestionara aquel almacén lo mejor que pudiera.

El trabajo era duro. Entraban y salían camiones casi a todas horas. Muchas veces tenía que quedarse por la noche a esperar la llegada de transportes.

Pero no todo era trabajo. Al poco de llegar se acostumbró a la pausada vida del pueblo. Tenía que ir a misa todos los domingos para no provocar habladurías. La gente era extremadamente conservadora, pero le gustaba la tranquilidad que se respiraba.

Su posición como director de almacén, el mayor de la comarca, le puso en el punto de mira de las jóvenes casaderas en quienes Eduardo encontró una manera de hacer su estancia un poco menos aburrida, pero no fue entre ellas entre quienes encontró a la persona con quién sentar cabeza.

Lo más importante de su vida era Sara y, por ella, eligió casarse con la peluquera a la que acostumbraba a  llevar a su hija. La chica era hermosa, divertida y muy cariñosa con la niña. Tenía una mentalidad profundamente católica lo cual junto con un apetito sexual mucho más moderado que el de las otras pueblerinas, le garantizaba poder confiar en su fidelidad a pesar de que él mismo tuviera esporádicas aventuras. Las cosas le salieron, de hecho, mejor de lo que había previsto. Después de casarse, cuando quedó claro que no podía tener hijos, su nueva mujer volcó todo su instinto materno en Sara y así fue como fundó una nueva familia muy diferente de la anterior.

Pero el tiempo pasó y llegó un momento en rl que no salir  nunca del pueblo llegó a ser insoportable. Llevaba una vida austera y aburrida. Sara tenía ya doce años y se preguntaba si podría soportar aquello eternamente.

Se preguntaba también si su nueva aventura con la prima de su mujer no sería la brisa que echaría abajo el castillo de naipes de su existencia.

En su casa, Apolonia, se retorcía de dolor en el sofá del salón. Era horrible. Deseaba morir con tal de no seguir sufiendo. Apenas media hora antes había sido una mujer feliz, con una vida convencional y establem pero su prima había llegado para decirle que se había enamorado de su marido y fue entonces cuando el cuerpo se le convirtió en una tea ardiente, las paredes de la casa en las pesadas losas de un mausoleo y su cabeza en un avispero de  ideas que le agijoneaban con furia.

Aquella zorrilla que había pasado años estudiando inglés, según decía, en Londres y que había vuelto con piercings, tatuajes y un pedante instinto de superioridad, había conseguido ser tratada como una indeseable por todo el pueblo. Meses atrás, sollozando, le había pedido ayuda para encontrar un trabajo y ella, estúpida buenaza, le pidió a su marido que la contratara. Ahora tenía que pagar por su generosidad con una traición que le destrozaba.

Se aferraba con las manos la barriga. Necesitaba calmar aquel útero maldito, que no le había dado lo que más necesitaba. En su interior los nervios parecían enredarse como fibras de una cuerda que alguien retorciera con fuerza, haciéndolas restallar en punzadas que acallaba apretando aquel órgano inútil entre sus crispados dedos. Veía, en su pesadilla, todos los años pasados cuidando a la hija de su martirizador, como si fuese suya. Y, a pesar de todo el amor que les había dado, de no haberle pedido cuentas por tratarla como a una sirvienta y a no haber hecho nunca preguntas sobre el pasado, se iba a quedar sóla, sin nadie en el mundo, abandonada como un trasto viejo.

Las otras infidelidades las había soportado. Había creído que debía aceptarlo como era para no perderle. Ahora sabía que ya no la necesitaba para cuidar a su hija, que ya era casi una adolescente y, por eso, se iba a deshacer de ella. La iba a cambiar por una más joven con la que divertirse y, quizás, tener más hijos, los que ella no había podido tener.

No lo podía permitir. Necesitaba darle un golpe de tal fuerza y crueldad, cómo para arruinar sus planes de futuro, fueran cuales fueran y darle una lección que le enseñara a no volver a herir de aquella manera a mujer alguna.

-¡Ya estoy aquí!

Era Sara, siempre se anunciaba al entrar por la puerta.

-Hola cariño.

-Hola mamá

-Tengo algo que decirte, mi amor. Algo importante.

-¿Qué es?

-Ven a la cocina. Se trata de algo que he de enseñarte.

Si algo le importaba a Henryk / Eduardo era su hija. No había otra manera de hacerle daño como no fuera a través de ella. La quería como si la hubiese parido pero, ¿qué sucedería ahora? Tendría que irse de la casa, no tendría derecho a una pensión alimenticia ni a la custodia de la niña que, de todas formas no tardaría mucho en vivir por su cuenta. El daño que iba a sufrir era tan descomunal que cualquier medio para vengarse estaba completamente justificado.

La niña la siguió confiada hasta la cocina y se sentó a la mesa como hacia a diario a lahora de comer.

Abrió el cajón de los cubiertos y se encontró de frente con el cuchillo de la carne.

Sara, aburrida de esperar, comenzó a hablar.

-Sabes, Ignacio es el más loco de todos mis compañeros, de verdad, está como una cabra. ¿Que te crees que me decía? Sara tengo una consola de videojuegos, tengo una consola, y me lo decía saltando y aplaudiendo a la vez.

El cuchillo brillaba, el mango de madera, suave, parecía estar pidiendo ser empuñado.

-Y no sólo es eso, es que, cuando lo pienso me parece mentira. Hace lo mismo desde primero. En todos estos años no ha dejado de saltar y dar palmadas cuando se pone así. Sara, Sara, tengo una pelota, tengo una pelota, a que no me la quitas. Eso me decía entonces, y ahora lo mismo pero con la consola.

No era eso lo que quería hacer. Había abierto el cajón por error. El plan era herir a la pequeña, si, pero sin dejar marcas.

El cajón inferior era donde guardaba las facturas y recibos de los últimos cinco años. Era un escondite perfecto para cualquier documento. Nadie, ni siquiera Sara, se atrevía a hechar, siquiera una ojeada, a aquello.

Del fondo sacó unas fotocopias, las posó sobre la mesa ante la niña y esperó.

-¿Qué es esto mamá?

-Yo no soy tu madre.

-Lo sé, pero te llamo así, ¿qué te sucede?, ¿por qué me dices eso?

– Mira los papeles.

Había fotocopias de periódicos, impresiones de páginas de internet y de un pasaporte que Sara no había visto nunca, el de Eduardo Nowak.

-¿Qué siginifica esto? ¿papá tiene un pasaporte falso?

-No, ese es el verdadero, tu padre no se llama Henryk

-¿Y esta mujer?

-Es tu madre.

-Mi madre está muerta.

-Puede que la mujer de Henryk Funk si, pero ese hombre, como ves no existe, y su pasado es un cuento que nos hemos creido las dos y todo el pueblo. La de Eduardo Nowak, tu madre, está bien viva, cómo puedes ver por la fecha de las noticias.

-No hablo este idioma

-Es español. Será mejor que vayas aprendiéndolo porque querrás conocerla, supongo.

Sara estaba atónita. Sostenía los papeles con manos temblorosas sin saber que pensar. Las lágrimas casi no le dejaban ver lo que había en ellos escrito. Era un espectáculo penoso verla allí, tan pequeña, tan frágil. Con el alma abriéndolsele en canal, con una herida que jamás curaría. De aquel tajo en su alma surgiría la nueva Sara, dejando atrás, inservible, la carcasa de la niña que ya no sería nunca más.

-¿Qué tengo que hacer con todo esto?

-Hay una direcciónde correo electrónico.

-Y yo, pero, ¿qué puedo decirle?

-Esa mujer es tu madre y Eduardo, tu padre te ha separado de ella. No sé porqué lo habrá hecho pero no parece una persona de la que haga falta huir. Es una mujer de negocios. Tiene una importante agencia inmobiliaria.

-Mi madre eres tú. Esa mujer no, ella, no sé quién es.

-Es la mujer que te trajo al mundo, tu madre.

-Lo habalaré con papá. Esto no puede ser verdad.

-Si no te pones en contacto ahora mismo con ella tu padre no te permitirá que le hables. Si se ha tomado tantas molestias en ocultarte la verdad puedes estar segura de que hará lo imposible para continuar ocultándola. Tienes ya doce años y es hora de que tomes algunas decisiones. Vete arriba y envíale un email de esos.

-¿No se me ocurre nada que escribir?

-Yo te ayudaré

-No tengo fuerzas para subir las escaleras. Mamá ayudame.

-No soy tu madre, te lo he dicho ya tres veces.

Si la herida que había abierto pudiese sangrar, si las suyas también pudiesen, quizás pararía, a lo mejor habría intentado evitar lo que estaba a punto de ocurrir. Si hubiese imaginado, cuanta sangre iba a derramarse como consecuencia de su venganza, cuantas personas iban a ver sus vidas truncadas o perdidas, jamás habría subido las escaleras hasta la habitación de Eduardo. Allí, la niña, sollozaba sentada ante el ordenador mientras Apolonia le dictaba el email para Magdalena Nowak.

 

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3 Responses to "Amores Bastardos – Epílogo"

  1. Dan  Noviembre 4, 2012 at 2:29 pm

    Finalmente hoy he vuelto a la lectura. Y ¿qué es lo que pienso? Qué aprender de esta historia? Es mejor evitar a unas putas? Que es mejor no traicionar a sus esposas? Especialmente cuando se trata de una peluquera, porque destruye tu hijo? Que todo es falso, incluso el amor de un niño? En esta historia todo el mundo está perdido. Una cosa es segura – no hay esperanza.

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  2. Werner  Noviembre 4, 2012 at 3:17 pm

    Vaya, no se me había ocurrido verlo así. En esa historia no todas las putas son malas, la peluquera no destruye a su hija sino al falso mundo en el que ella la ha criado y Eduardo tiene que cargar con las consecuencias de su egoismo que es la razón por la que se casa con la peluquera y luego la traiciona. De hecho el fin de la historia es abierto porque no es EL FIN

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