Capítulo 21 – Amores bastardos

Mijeil estrechó el arma en el bolsillo de su gabardina. Su presa había caído en la trampa. Ya sólo era cuestión de minutos acabar con él.

Eduardo se subió al asiento del copiloto y cerró la puerta, el coche se puso en marcha y avanzaron hacia la avenida Manuel de Falla. Al llegar a la avenida giraron hacia la izquierda y siguieron bordeando el cauce viejo del rio Túria un par de minutos. El georgiano aparcó en una zona arenosa bordeando el cauce y sacó la pistola.

–          Ahora vamos a caminar un rato.

La cercanía de la muerte estaba comenzando a convertirse en algo habitual, aún así, mirando aquel arma se sentía como si todo fuese sólo un sueño. Mijeil le devolvió a la realidad con un grito.

–          VENGA, FUERA DE MI COCHE.

–          Si es dinero lo que quieres soy empresario, tengo de sobra.

–          Ya, ya. Venga, andando.

Pronto llegaron a la zona más alejada de la civilización. El barro de aquel lugar desolado comenzaba a hacer incómodo andar. Estaba claro que nadie iba a acercarse por allí. No había nada que ver aparte de hierbajos y lodo. Eduardo comprendió que el hombre que le había llevado allí pretendía ejecutarlo y las palabras del viejo, cuando se encontraban a solas ante el cuerpo de Irina, le vinieron a la mente.

–          El mundo en el que ella se ha visto atrapada es ahora tu mundo. Y no vas a salir de él como no sea diciéndoselo todo a la policía o con los pies por delante. Toma esta pistola. Está cargada. Si la tienes que usar quítale el seguro, así. Llévala en esta pistolera, por debajo del sobaco.

Durante el trayecto, había estado jugando con ella. Afortunadamente había desabrochado el estuche y había quitado el seguro de la pistola, entonces Mijeil le hizo bajar del coche.

La desenfundó rápidamente y, antes de que el georgiano pudiera comprender lo que estaba ocurriendo, le disparó en toda la cara dejando, en su lugar un gran agujero sangrante.

Al caer al suelo, de su bolsillo salió un teléfono móvil que, inmediatamente, comenzó a sonar. Eduardo hipnotizado, no sabía si porque no había visto todavía uno de aquellos aparatos de cerca o porque la música chirriante le recordaba a Bach, se acercó a mirarlo y, al ver lo que aparecía en la pantalla, aterrorizado, se cayó de lado en el fango. Era el teléfono de su casa.

En cuanto recuperó la compostura cogió el teléfono y llamó con él a Francisco. Le dijo donde estaba, lo que le había sucedido y se quedó allí sentado junto al cuerpo de Mijéil.

Al cabo de un tiempo que, tal y como lo percibió Eduardo, tanto podría haber sido minutos como horas, llegó el mismo sargento del hospital con otros dos agentes. Se lo llevaron a la comisaría y allí les explicó todo lo que sabía sobre Magdalena, su pasado, sus razones para huir de España, lo que su familia le había contado y lo que supo por Marcin.

Esa misma tarde arrestaron a Magdalena

Se la llevaron pataleando mientras juraba vengarse de él. Sus amenazas incluían todo tipo de aberraciones sádicas, maldiciones esotéricas y coacciones emocionales tomando como arma principal a la pequeña Sara. El grado de furia llegó al paroxismo cuando la metían, entre tres funcionarios en el furgón policial, con largas parrafadas en ruso que iba expulsando de su boca al mismo tiempo que  una espumosa saliva rociaba a los funcionarios que la empujaban con todas sus fuerzas.

–          Desde luego causa impresión tu mujer, dijo el viejo.

–          Nunca la había visto así. Es algo que no olvidaré jamás.

–          Mejor será que así sea porque no tenemos pruebas de que contratara al esbirro ruso.

–          ¿Y el teléfono?

–          ¿El móvil? Lo dejaste al lado del ruso, ¿no?

–          No sé. Estaba muy alterado.

–          Pues no lo han encontrado. Parece que alguien se te adelantó y se lo llevó.

–          No puede ser, estuve allí todo el tiempo hasta que llegó el sargento.

–          Mira Eduardo, no quieras saber más. Suerte tienes de que el ruso no haya muerto. Así nadie te puede acusar de asesinato.

–          ¿Cómo que no ha muerto?

–          No tiene muy buena cara, pero saldrá de esta.

Eduardo miró al viejo, incrédulo. El tipo al que había disparado iba a sobrevivir con una horrible deformidad y aún se le ocurría hacer una broma sobre aquello.

–          No me mires así, hombre. He tenido que ver de todo en mi trabajo. Al final uno se hace insensible.

–          Así que me tengo que enfrentar a una acusación por intento de asesinato.

–          No te preocupes por eso, es evidente que no has tenido otra salida. Al final todo quedará en defensa propia durante un intento de robo a mano armada.

–          ¿Un ladrón que conduce un Ford Scorpio y usa un teléfono móvil?

–          Ese no es tu problema. Lo peor será cuando Magdalena salga libre.

–          Lo tengo todo arreglado. He vendido, por medio de un amigo, la casa que teníamos a las afueras de Varsovia y me iré a vivir a un pueblo tranquilo.

–          No debería de decirte esto pero puedo conseguirte un pasaporte falso y de calidad.

Eduardo sacó de su bolsillo un pasaporte  y se lo  entregó para que lo examinara.

–          Es de primera, ¿cuánto tiempo hace que lo tienes?

La mente de Eduardo voló al pasado, a su encuentro con Marcin.

–          No sé qué hacer, está relacionada con gente de la mafia rusa. Si me busca me encontrará donde quiera que me esconda.

–          Sabes que tengo amigos hasta en el infierno. No debes de preocuparte. Como te dije, cuando se quedó embarazada ya no me atreví a decirte nada pero si que hice algunos trámites.  Tu casa la puedo vender ya mismo, el dinero lo ingreso en una cuenta que abrí a cuenta de Henryk Funk y en cuanto al trabajo. Tengo un almacén con cámaras frigoríficas y refrigeradoras que necesita un buen director.

–          ¿Quién es Henryk Funk?

–          El que aparece en este pasaporte.

–          Soy yo.

–          Si quieres usarlo, te recomiendo que te lo lleves. Este otro es el de tu hija Sara Funk. ¿Qué te parece el apellido?

–          Muy musical. Tanto si llego a necesitarlo como si no, te estoy muy agradecido. Eres un amigo de verdad.

El viejo le devolvió el pasaporte con expresión de admiración.

–          Tendría que saber que es falso de antemano para verle algún fallo y aún así, no sé si sería capaz.

–          No lo sería. Señor, tengo que hacerle una pregunta antes de irme, porque no creo que nos volvamos a ver.

–          Dime.

–          ¿Usted y mi abuela llegaron a tener algún tipo de relación que, digamos, se saliera de la de carcelero y presa?

–          Algo pasó sí.

–          Cuando mi abuela llegó a Polonia ya estaba embarazada.

–          Lo sé. Es por eso por la que la dejé escapar. Y es la razón por la que mandé a mi hijo a buscarte. La idea de montar una empresa era suya, la de contratarte a ti, en cambio fue mía. Fue una suerte que tuvieras experiencia en los negocios. No te veo demasiado sorprendido, ¿te esperabas esto?

–          Suponía que durante su cautiverio la habían violado, probablemente usted. Era natural dadas las circunstancias.

–          Si, era natural pero yo no la violé.

–          No claro, ella simplemente salvó su vida acostándose con usted. En fin, el hecho es que soy tanto nieto de ella como suyo y que ha hecho usted mucho por ayudarme.

–          Más de lo que te imaginas.

–          Por eso, desde ahora, le recordaré con afecto, pero no volveremos a vernos.

–          De todas formas ya me queda poco. El puto cáncer se me va a llevar al otro barrio antes de año nuevo.

–          Lo siento, sabía lo de su enfermedad, pero no que estaba tan mal

–          Que va, si mal no estoy, lo que estoy ya es harto de mirar por la ventana y no hacer nada. Pues eso, que me alegro de haberte conocido, después de tantos años sin poder verte por culpa del telón de acero. Es una lástima que te tengas que ir tan deprisa pero no quiero retenerte. Mejor será que te hayas escondido bien para cuando esa sirena harpía de tu mujer haya salido de prisión.

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