Amores bastardos – Capítulo 10

El taxi los llevó hasta la Gran Vía Marqués del Turia y giró a la izquierda un par de calles antes de llegar a Cánovas del Castillo.

–       Y ¿es aquí donde vamos a vivir?

–       No, la Gran Vía es un poco ruidosa, sobre todo más adelante en la plaza, por las noches.

–       Pero este parque, recorriendo todo el centro de la avenida, es tan bonito, y parece tan tranquilo, es perfecto para pasear con la niña.

–       No estaremos lejos. En esta ciudad nada está realmente lejos.

El coche recorrió el tramo que atravesaba el parque y siguió por una lateral de la Gran Via.

–       ¿Es esta calle lateral?

–       Es aquí, sí

Eduardo pagó al taxista y cogió las maletas mientras Magda cargaba a la niña en brazos.

–       ¿No te gusta?, está cerca de la oficina y es muy céntrica.

–       No, no es que no me guste, es que me va a resultar muy difícil de pronunciar el nombre.

Efectivamente, ni polacos ni ucranianos poseen sonidos con vibraciones tan fuertes como la de la jota o la erre doble, lo más parecido es la hache aspirada o la ere y aquella calle se llamaba Carrer de Jorge Juan.

–       No te preocupes, la palabra carrer no es parte del nombre, es lo mismo que calle pero en el idioma de aquí.

–       Lo sé, entiendo el catalán.

No quiso preguntarle por qué entendía aquel idioma, pero parecía claro que había vivido en Cataluña. ¿Valdría la pena buscar en Barcelona rastros de su estancia?

Llegaron ante un gran portal de madera flanqueado por paredes adornadas, a la manera de columnas. La vista del primer piso era espectacular, ventanas con pequeños balcones protegidos por reja de hierro forjado y con columnas en relieve a los lados sosteniendo el único balcón del tercer piso.

–       ¿Cómo vamos a entrar?, No tienes llaves.

–       Llamando.

Eduardo apretó uno de los timbres de la pared que rodeaba al portal.

–       Nos están esperando. Vamos.

Al llegar al piso, Francisco abrió la puerta. En un salón espacioso estaba sentado ante la ventana, disfrutando del sol, un hombre que de tan viejo parecía un árbol milenario. Como si hubiera estado allí esperándolos desde antes de la construcción del edificio e incluso la calle.

Os presento a mi padre, dijo Francisco.

–       Perdonad que no me levante, con los años y el reuma, ya sabéis.

Al girarse, el hombre mostró una expresión de afabilidad que le hacía a uno sentirse como el hijo pródigo al volver a casa. Sin embargo, Eduardo, pudo ver por el fulgor de sus ojos que distaba mucho de estar decrépito. Se le presentía una energía descomunal.

Magda se quedó paralizada cuando el viejo la miró. Hubo un momento, muy corto, como un deja vu, durante el cual daba la impresión de que se hubieran reconocido. El hombre se levantó como pudo y acercándose a ella se deshizo en cumplidos hacia su belleza y los encantos de Sara.

Antes de irse, el padre de Francisco se acercó Eduardo y, agarrándole por las solapas, acercó su cabeza para que la oreja quedara ante su boca. Y le dijo:

–       Menuda ficha tu mujer, chico, en buena te has metido.

Después Francisco y su padre se fueron dejándoles solos en medio del salón.

–       Parecía como si os conocierais, dijo Eduardo.

–       He tenido que vérmelas con policías de muchas clases, este es de una que no me esperaba volver a encontrar.

–       Que buen ojo. No te lo había dicho pero es un guardia civil retirado. Tenía un cargo muy alto.

–       Sí, eso lo he visto en seguida. Tenía dignidad pero había algo más.

–       ¿El qué?

–       Algo salvaje, algo de tigre, con las zarpas escondidas pero a punto y bien afiladas. ¿Qué es lo que te ha dicho?

–       Ah, nada, me ha comentado que eres muy guapa, sólo eso. Al fin y al cabo es sólo un tigre anciano.

 

La cantidad de trabajo que suponía poner en marcha una empresa de logística era abrumadora.

Casi todos los días Eduardo se levantaba para acudir a una oficina situada apenas a unos metros de su casa, y a pesar de lo cerca que trabajaba, no volvía hasta la noche.

Las entrevistas de trabajo para personal bilingüe no eran nada fáciles. La mayoría de los que se le presentaban eran estudiantes polacos que tenían una visa para trabajar un máximo de veinte horas a la semana. Muchos de ellos, en realidad, hubieran trabajado por la mitad que sus compañeros españoles haciendo cuarenta o cincuenta horas a la semana pero no quería problemas con la justicia.

Cuando terminaba de entrevistarse con los candidatos, lo cual ocurría a eso de las tres, empezaba a reunirse con los dueños de empresas de transporte o salía a visitar algún cliente, generalmente el dueño de un almacén, a no menos de treinta kilómetros de Valencia.

Había días que tenía que viajar hasta Polonia para coordinar, con su colega Marcin, todo el aparato logístico de la empresa.

Con los meses el tipo de trabajo fue cambiando, a medida que tuvo ya una plantilla contratada lo siguiente era enseñarles a trabajar juntos, solucionar la avalancha de problemas que solía originar el último sistema informático que habían decidido instalar y calmar a los transportistas que, a menudo, le acusaban de ser un aficionado.

Durante medio año Magdalena fue una ejemplar ama de casa. Seguía cocinando mal pero era fácil acostumbrarse. Visitaban mucho los restaurantes de la zona y eran tan conocidos como para no tener ni que reservar mesa.

Pero algo se iba estropeando. Aquello no era el paraíso soñado, aquel mundo íntimo que se suponía iban a crear los tres y Magda empezó a perder la paciencia. De alguna manera se enteró de la dirección de una antigua amiga suya. Irina, una espléndida rubia, dulce, a quien le encantaba pasar horas con Sara pero con quien Magda tenía una relación que continuaba fuera de casa.

Las dos habían tomado la costumbre de irse por las noches después de cenar, y Eduardo no volvía a ver a su mujer hasta la madrugada. Preguntarle lo que hacía era inútil. Siempre contestaba que visitaba antiguas amigas y, si insistía en preguntarle, ella se enfurecía, gritaba, la emprendía a golpes con todo lo que se le ponía por delante y no paraba a menos que se la dejara desahogarse sola. Al volver se echaba en la cama y dormía hasta tarde.

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2 Responses to "Amores bastardos – Capítulo 10"

  1. Dan  julio 19, 2012 at 9:16 pm

    ¡Oh, Eduardo, Eduardo, no está bien! ¿Tal vez te has perdido algo? ¿Alguna negligencia emocional o algo más? El miedo de tener miedo

    Responder
  2. Werner  julio 23, 2012 at 11:56 am

    Todo lo que se hace por amor, se hace más allá del bien y del mal.
    Nietszche

    Responder

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