Amores Bastardos – Capítulo 19

Al llegar a casa encontró a una Magdalena amable, cariñosa y seductora. La misma de aquellos meses felices en la casa de Josefów.

Cenaron juntos, pasearon por el parque con la niña y después hicieron el amor. Eduardo se durmió anonadado.

En sus sueños la contradicción entre lo que había aprendido sobre Magdalena y lo que conocía de ella como esposo se materializaron en horribles pesadillas en las que lo erótico se convertía en algo sucio y obsceno, el amor en una melaza pegajosa y sanguinolenta y el odio que había llegado a sentir hacia ella se mezclaba en forma de hierro fundido con un amor impetuoso, voraz como la lava de un volcán. Ambos sentimientos se transformaban, mezclándose, en algo nuevo, indefinido e inexplicable, una especie de corriente de magma que los arrastraba hacia un abismo de placer carnal, y todo, mientras Sara los observaba cada vez más sola y más lejana desde la ventana de aquella casa en Jozefów.

 

Al día siguiente se sorprendió de verla dormir junto a él. Cuando ella se fue a la cocina para preparar el desayuno se le ocurrió preguntarle qué pasaría con Irina ahora que no tenía trabajo de niñera.

–          ¿Irina? se ha vuelto Ucrania.

–          Cómo, ¿así de pronto?

–          Si, le ofrecieron un trabajo de intérprete y además echaba de menos a su familia.

–          Pero si me dijo que ya no le querían ni ver.

–          ¡ PUES SE HA IDO Y PUNTO!, ¡¿QUÉ MÁS QUIERES SABER?!

Hubiera querido seguir preguntando, pero la explosión de furia de Magda le produjo un escalofrío que le dejó paralizado. Tenía los ojos desorbitados y en su mirada no había ni rastro de cordura.

El resto del desayuno transcurrió con una normalidad forzosa en la que cada sonrisa que ella le dirigía le hacía ver con más claridad la clase de monstruo que, en realidad, era.

De allí se fue, no al trabajo sino a casa de Francisco. Su mujer le abrió con semblante preocupado. En el fondo de la sala, el viejo, como siempre observaba a los transeúntes por la ventana.

–          Francisco no está. Búscale en el trabajo.

–          No he venido a hablar con tu marido sino con su padre.

Carolina se mostraba dubitativa. Sin saber si dejarle entrar o pedirle que se fuera. Nadie le estaba contando lo que pasaba, pero temía el mal que viene de un pasado remoto y, cuando ya todos piensan que no podía hacer daño, vuelve a atacar con la fuerza de un último y portentoso estertor.

–          Déjale pasar mujer, que si ha venido a verme será porque algo tiene que decirme, ¿no?

Eduardo pasó al lado de Carolina que apenas se apartó,  dejándole el sitio suficiente mientras se quedaba mirando al lugar donde había estado Eduardo, como si, creyese que, con el poder de su mirada podía mantenerlo en el lugar donde había querido que se quedara.

–          Señor, necesito su ayuda

–          Soy muy viejo y, cómo ves, lo único que hago en todo el día es ver pasar a la gente. No sé cómo quieres que te ayude.

–          Usted todavía tiene contactos en la Guardia Civil.

–          Sólo me queda el respeto que la gente siente hacia mí. Nada más.

–          Si aún puede mover algunos hilos, le agradeceré mucho su ayuda.

–          Haré lo que pueda, pero poco es lo que puedo prometer.

–          Ha desaparecido una amiga de mi familia.

–          ¿Muy joven?, se habrá ido con un novio, ¿o no es tan joven?

–          No, no lo es. Era nuestra niñera.

–          Las personas mayores a veces tienen derrames cerebrales o les da un ataque y se quedan tiesos en cualquier sitio, otras veces les da por tener manías extrañas y aparecen donde vivían de pequeños o en cualquier sitio bien lejos.

–          Por favor, déjeme que le explique. No era una chiquilla ni una vieja. La niñera era una amiga ucraniana de mi mujer, de su misma edad, y estaba ayudándonos una temporada.

–          ¿Te la endiñasté?

–          ¿Cómo?, Hombre no sea tan vulgar, ¿cómo puede decir algo así?

–          ¿Hiciste el amor con ella?

–          Hombre, pues…

–          Joder. Te la endiñaste.

El viejo se levantó y comenzó a andar nervioso por la habitación. Sacó un paquete de cigarrillos y un mechero de un cajón y se lo encendió. Por un momento a Eduardo le aturdió lo denso de aquel aroma, era un olor seco y acre que hacía difícil respirar.

–          ¿Quieres un ducados o prefieres rubio?

–          No fumo, Gracias.

–          No hay de qué. Coge este papel, dijo alargándole un folio en blanco, y empieza a describirla con nombre, apellidos, aspecto físico, marcas de nacimiento, tatuajes y todo lo que sepas de ella, estudios, amistades, lo que se te ocurra.

Eduardo estuvo media hora escribiendo.

–          Entonces ¿me ayudará?

–          Si es posible sí. Ahora vete, por favor es mi hora de la siesta.

Al salir se despidió de Carolina que estaba todavía más traspuesta que cuando llegó.

–          ¿De qué habéis hablado?

–          Cosas personales, no te lo podría explicar.

–          Eduardo,

–          Si.

–          El viejo hace veinte años que no fumaba, ni siquiera sé cómo es posible que ese tabaco se encendiera después de tanto tiempo.

–          ¿Quieres decir que ha guardado los cigarrillos y el mechero durante veinte años y hasta hoy no se había encendido ni uno?

–          Es un hombre con una voluntad de hierro. El médico le diagnosticó cáncer y le prohibieron fumar. De tres cajetillas pasó a cero en un día.

–          No lo sabía, parece muy saludable. Se le ve un anciano, pero tiene aspecto de ir a vivir todavía veinte años más.

–          Dios no te oiga, dijo en voz baja. Al principio tenía el paquete encima de la mesa y se pasaba horas mirándolo. En realidad nunca le curaron el cáncer, sólo se lo estabilizaron. De verdad, llevo veinte años soñando con darle una sobredosis de esos medicamentos que se toma pero nunca me he atrevido, el día que estire la pata me voy a llevar un alegrón.

¿Qué hacer?, se preguntaba. ¿Volver a casa? ¿Le había hecho Magda algo a Irina?

Quizás, se decía a sí mismo, hubiera descubierto la relación entre ellos. Quizás Irina misma se lo había dicho. Ella le quería, estaba enamorada. Una mujer enamorada puede llegar a hacer cosas que no haría una persona en su sano juicio.

Anduvo unos minutos, vagando sin rumbo, por las calles de Valencia, los minutos se convirtieron en horas. Cuando llegó la hora de comer se acordó de que debía ir a la oficina. Tenía que, al menos, hacer acto de presencia en la empresa, por lo menos, por unas horas.

Por la tarde, Magda le llamó por teléfono al trabajo.

–          Cariño, te estoy preparando la cena, he decidido hacerte tu plato favorito.

–          ¿Sepia a la plancha?

–          Sí, eso mismo.

–          ¡Increíble!, Eso sí que no me lo esperaba

–          Exactamente. Ya está todo preparado. Y una ensalada de tomates, endivia y cebolla.

–          Te has convertido en una auténtica ama de casa durante mi ausencia.

–          Por un día, Eduardo, no vayas a esperar demasiado de mi.

–          Bueno, un día es un día.

Un nudo en el estómago hacía que se moviera por la oficina como un zombi, sin ganas de hablar con nadie, ni de hacer nada que no fuera rutinario. Desprovisto casi totalmente de voluntad, caminaba entre los trabajadores taciturno pensando en cómo actuar si, realmente Irina había sido asesinada.

 

 

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